13.9.09

307 - La cita





invitó a la mañana a una cita

convinieron las 8 horas 6 minutos
… y 49 segundos
fueron puntuales

ella se pondría sus mejores luces
las del este volando sobre la isla de Mouro
él almidonaría sus velas
blanqueadas por el sol de poniente
lavadas por el rocío de la luna

ya sólo faltaban segundos
cuando alguien pasó por allí
… con una cámara
*
*

:::Post 307 - CR 053/090913 – La cita
:::foto: 090808-A_0507- Bahía de Santander - Velero
:::Canon 50D - f/5.6 - 1/160 seg - 160 mm* - ISO 100 - 0.00 eV - Sin trípode - Sin flash

7.9.09

305 - El náufrago

ñoco!


Debo ponerle nombre. Inventarlo. No puedo hablar de un desconocido sin previamente saber algo de él. Así pues, le llamaré John Smith, un nombre muy americano… para desubicarlo, un nombre vulgar previsiblemente anónimo para evitar que los lectores traten de averiguar su verdadera personalidad… aunque me pregunto si tendría importancia.


Me lo encontré sentado en un banco. Comienzo a recordar detalles. Un banco de madera que en su día estuvo pintado en color azul europa. El lugar era un tanto raro. Yo no suelo pasar por allí más de un par de veces cada lustro. O si sé la razón. Tal vez sea que ese lugar no me conduce a ninguna parte concreta o, quizá, que la zona sufre una brutal agresión estética que mi ojos repudian.


Me hizo una seña y, extrañado, me acerqué pisando la hierba del mínimo parque. Me sorprendí de la ausencia de duda. Me acerqué. Sí. Ahora lo entiendo mejor. No me lo encontré… me encontró él a mí y por eso me hizo la seña.


Me invitó a sentarme en su banco azul europa al tiempo que me ofrecía un cigarro liado con tabaco de pipa, Dunhill me parece recordar, al mismo tiempo que sacaba de un bolso de piel ajada unos caramelos de menta, una caja de regaliz, cinco chicles La Sara, dos periódicos viejos, unas gafas de sol y un cojín inflable.


A sus pies, una botella de gaseosa semivacía miraba cómo unos gorriones traveseaban en los primeros calores del verano. No tuve que hacer ningún esfuerzo para percatarme de que todo ello formaba parte de un gentil ofrecimiento.


Tomé tres caramelos y un periódico al que agarrarme ante una posible tempestad. Nada tenían que ver unos negros nubarrones que se acercaban muy lentamente, desde el Oeste, desde donde vienen siempre.


Su aspecto no era muy bueno. Me sorprendí teniendo tan conmiserativo pensamiento. Estaba recién afeitado, pero mal, especialmente en las zonas lindantes con unas estrechas patillas. Su mirada era aguda, penetrante, desde sus acuosos y saltones ojos azul grisáceo. El lacio y blanco cabello se dejaba resbalar hasta cerca de los hombros como una cascada nacida en un pálido lago.


Su ropa estaba limpia. No parecía vieja, pero estaba a falta de un buen planchado. Sus zapatos contaban, a quien quisiera escucharles, que habían andado mucho, recogido muchos polvos y lodos, pisado vergeles y eriales… sin que nadie les hubiera hecho una caricia reparadora. Aún así, parecían sonreír pese a las heridas del tiempo.


Un silencio espeso estaba cosido en los mechones del aire. Inusitadamente, algo se rompió. Hubo un claro y un rayo de sol, sólo uno, acarició su nuca iluminando la blanca cabellera alrededor de su cuello. Mis ojos cegaron un momento su rostro, despareciendo su mirada, y se detuvieron en una aureola cenicienta que le invadía sobrenaturalmente.


Y dijo algo… entrecortadamente. Pude entender un “verá usted” que rápidamente sustituyó por un “verás”. Y comenzó.


Vengo del más allá.

Me sonó extraño. Las pocas palabras resonaron como una armonía de Ligeti. No creo que se percatara de mi esbozo de sonrisa o quizá mueca abortada.


No sé si realmente estoy allí todavía, continuó, por eso “le he llamado”. Se corrigió otra vez con un “te he llamado”. Está vez, cortésmente me pidió permiso para tutearme ya que yo sólo era un niño… a sus acuosos ojos.

Hace un tiempo decidí desaparecer, prosiguió. No sé cuánto es ese tiempo. Posiblemente una eternidad, o la eternidad completa. Y te diré más… es probable que todavía esté desaparecido y tú solamente seas una realidad virtual en mi enfermo pensamiento. Si así fuese, créeme que lo siento. De verdad siento que sólo seas un espejo de mi existencia. Existes en tanto yo soy capaz de hablar contigo, o creo que hablo contigo. Francamente, el encontrarte y poder hablar me hace sospechar otra posibilidad. ¿Seré yo el fruto de tu mente? Y antes de llamarte me he palpado, he tomado estas menudencias que te ofrezco. Incluso ojeé esos periódicos para situarme en el tiempo. ¿Sabes que día es hoy? Tengo miedo que esos periódicos estén marcados y cambien su fecha con mi simple mirada y es que… nada de lo que leo me sorprende aún cuando todo sea nuevo para mí.


Hace un tiempo, cuando tomé aquella decisión, me fui a una tienda de submarinismo y compré un traje negro. De neopreno. Me costó trabajo encontrar uno que fuese absolutamente negro, exento de líneas coloridas. También, unas aletas negras. Y ese fue el comienzo de mi viaje. No me preguntes cómo pero una vez en la costa, concretamente, en el borde del muelle al lado del noray donde muchas veces me he sentado a ver pasar los barcos rojinegros de la Cunard, intuí el punto exacto de la negritud en su cualidad absoluta… como si ésta pudiera ser graduada.


Nunca había buceado. Cuando niño, había hecho inmersiones mínimas en aguas someras. Todavía recuerdo las gafas azules y el tubo amarillo canario. No te distraigo. La cuestión es que me dejé caer y sin ningún esfuerzo me encontré en medio de la noche líquida. Supongo que de alguna forma, esa noche densa como mercurio iba penetrando en mi cuerpo y sustituyendo mi sangre… antes roja. Te diría que todo mi organismo se fundía a negro, como en una película de suspense. En algún momento pensé que estaba en un líquido amniótico negro irisado y cálido pero me faltaba algún tipo de arrullo, rumor, murmullo... Pensé por unos breves instantes en la posibilidad de estar atrapado en un agujero negro líquido, pero aquello no era el espacio que imaginaba, voraz devorando el universo, incluso a sí mismo. Mi pensamiento se iba desvaneciendo, perdiendo contornos y adquiriendo la consistencia de un único pensamiento entrópico.


No. No estaba desconcertado, ni preocupado. Había iniciado el viaje sabiendo que quería alcanzar la nada. Quería diluirme en la nada. Ser nada. Me preguntaba acerca de la materia que conforma la nada. De algo estaría hecha y si acaso mi llegada, aportando algo, materia o energía, podría deshacer esa entidad. De alguna forma había divinizado la naditud y mi ferviente deseo de alcanzarla podría acabar con ella. Era algo que no debía permitirme, después del enorme esfuerzo que venía realizando en los últimos años para ser eso, para ser nada. Nada.


El señor Smith seguía hablando indiferente a la existencia de un mundo exterior, indiferente a su interlocutor…

Me fijé ahora que a sus pies había una tabla salitrosa, negruzca y rayada, roída por mil huracanes hambrientos. Me fijé ahora que bajo su camisa blanca se adivinaba un traje de neopreno. El traje. Negro traje de neopreno. Me fijé ahora que, dentro de sus zapatos, que parecían sonreírme, sus calcetines negros no eran calcetines, ni parecían albergar pies. No había forma.

Un pequeño charco negro rodeaba sus zapatos, ahora sin cordones. Algo negro y espeso se extendía lenta pero perceptiblemente bajo ellos acercándose a mis pies.



:::Post 305 - CR 052/090907 – El náufrago
:::foto: 081106-P1020069 - Santander - Noray
:::enlace : La Mirada Ausente - Norays en el puerto