16.2.09

247 - La ira y la pena



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¿debiera la ira poder a la pena?

no hace tanto publicaba...

Cayucos azul y rojO

Cayuco de cristaL

hoy...

¿se moverá algo la sensibilidad de aquellos qué

en nuestro nombre

tienen a su disposición los recursos que les otorgamos?




///Post 247 CR 034/090216 - La ira y la pena
///foto: 080614-C6532 - Cayucos grises
///enlace: Cayucos azul y rojo - Cayuco de cristal

12.2.09

245 - La carta de Hidlephonse





Si has llegado hasta esta página, sería deseable que retrocedieras a la anterior, si acaso no la hubieras leído, o bien hazlo porque te apetece recordar la razón por la que ahora transcribo, literalmente, la carta de Hidlephonse, escrita con su peculiar caligrafía, sus distintas plumas de ave y su tinta Quink o Montblanc negra.

­­­ Allí, citaba a Fulgencio Máximo. Si no lo conoces, tal vez debieras activar el enlace que hay al pie del post.

Bueno. Lo prometido era continuar el jueves. Hoy es jueves (lluvioso, por otra parte) ergo continuo.

La carta decía...

Yo, Hidlephonse Broderick Chantellect du Borgogne, en plena posesión de mis facultades mentales, tal como podrán atestiguar todos aquellos que me conocen, especialmente mis amigos y familiares más allegados (por ese orden), como asimismo podrá acreditar mi médico de cabecera y todos aquellos otros que me han tratado de diversas dolencias. En definitiva, como podrá acreditar todo mi entorno laboral y sociocultural…

Declaro desear, de forma llanamente enunciada, y sólo llegado el

caso, declaro desear un suicidio asistido por el Sistema Público de Salud, realizado en las mejores condiciones estéticas e indoloras (por ese orden de prioridades).

Este simple enunciado, que lo es, podría inducir, a algunos, a pensar que realmente no estoy en posesión de las facultades mentales que digo poseer. Podrá pues ser un problema, que no deseo. En cualquier caso… no respondo ante nadie. No obstante, expongo lo que sigue:

Mi primer contacto con la vida fue un acto de negación, de libertad. No tuve opción alguna. Me nacieron. Fruto del amor, pasión, descuido… da igual. Fui nacida.

La vida siguió negándome la libertad. Fui educada de un modo determinado. Mi religión, de la que he apostatado hace ya un tiempo, también me fue impuesta. El azar me hizo nacer en un país donde me fueron negadas, y algunas siguen siéndome negadas, todas las libertades que hoy conforman mi pensamiento, sin que pueda argumentarse que me hicieron nacer en un lugar desarrollado, pleno de posibilidades, como vía exculpatoria. Ningún estado de bienestar justificará jamás la ausencia de libertad.

Soy ahora libre. Libre de religiones que restrinjan y compriman mi pensamiento. Libre de coerciones políticas e ideológicas que compren mi bienestar. Libre de programaciones mentales por superestructuras de poder. Libre de un mercado que decida por mí lo bueno y adecuado, para cada momento de mi vida. Libre al fin.

Y libre al fin, esa libertad ha tenido el efecto perverso de no hacerme más feliz. Y libre al fin, sé ahora de la inutilidad de la existencia.

Así pues, y como acto supremo de identidad, proclamo el derecho a mi propia vida, a las decisiones sobre ella, sin cualquier tipo de injerencia por parte de ideologías fundamentalistas o intereses de estado.

En tanto que ciudadana ejemplar, siempre al corriente de mis obligaciones con el Estado, aún no creyendo en él, solidaria con el resto de mis conciudadanos del mundo, en la medida de lo razonablemente aceptable, deseo que el derecho que reclamo, el derecho a la propia vida, sea recogido en la carta magna de mi país y, por extensión, al orden global. Deseo que dicho derecho, que ni formal ni prácticamente necesito, lo sea a efectos de utilidad pública. El ejercicio del mismo, en modo alguno podrá estar supeditado a ningún tipo de dictamen, por ninguna clase de estamento.

Así pues, como opción siempre voluntaria, expreso mi ruego, cuando no exigencia, de que el suicidio asistido sea incluido como una prestación más del Sistema Público de Salud, garantizando que dicha opción será formalizada con plenas garantías de intimidad, ausencia de dolor, en la medida de lo razonable y un sentido estético que convierta la mayor expresión de mi libertad en algo absolutamente bello.

Expreso, por último, el deseo de que esta aspiración sea una realidad inmediata, sin necesidad de esperar a un mayor desarrollo intelectual de la especie humana.

La ut supra.

(Firma legible en tinta negra)

Post Scriptum

El poseedor de esta carta queda autorizado a dar a conocer la misma, de un modo suficientemente amplio, a fin de favorecer la creación de un estado de opinión, propicio a la superación de obsoletos debates, sobre los diversos tipos de eutanasia que, por nacer viciados en origen, dando por hecho como verdadera la premisa de que siempre tiene que haber alguien que ponga límites, soslayando el hecho primordial de que la vida, sólo es poseída por aquél que es realmente libre.

Amigo mío del alma, aunque sé que siempre dices que la vida son segundos, permíteme que te regale los relojes de mi abuelo, todos, convenientemente parados en algún momento clave de nuestras vidas.

Bien. Esto es todo lo que tenía que contar. Mi empatía con ella, Hidlephose, al menos, en lo que en este asunto concierne, me hace sentir una cierta tristeza, al comprender que el desarrollo humano todavía está anclado en las firmes piedras de la prehistoria. Ni ella, esté donde esté, ni yo, veremos satisfecha este ansia de libertad. Y mucho me temo, que pasarán algunas generaciones más, antes de que el hombre, libre de atavismos, sitúe el derecho a la muerte, por decisión propia, por encima de otros intereses espurios. Al fin y al cabo, aparte de su inutilidad como accidente evolutivo, la vida sólo son... segundos.





///Post 245 CR 033/090212 - La carta de Hidlephonse
///foto: 090210-P1020356 - La carta de Hidlephonse
///enlace: Conocer a Fulgencio Máximo
///enlace: Esperar a las doce
(Antecedente, imprescindible, de este post)

10.2.09

244 - Esperar a las doce





Hidlephonse

Quisiera hablaros de algo importante que he recibido últimamente. Se trata de Hidlephonse, una de las amigas del grupo que podríamos llamar… de Fulgencio Máximo, grupo al que me honro pertenecer desde el inicio de los tiempos.

Nos vemos poco… pero nos vemos. En la última cena, Hidlephonse se sentó a mi lado y pudimos mantener una animada conversación sobre asuntos variados e intranscendentes. Es verdad que sí, pasamos un rato muy agradable, todos, incluso Fulgencio con su muy conocido problema.

A las copas yo me tomé un aguardiente, gallego, a temperatura ambiente y en vaso templado y ancho, mientras Hidlephonse se bebía un High Ball de diseño propio. Whiskie de Kentucky y Seven Up, con un pellizco de mostaza, lima rallada y dos gotas de Chernobil (ella le llama así pero es ajenjo... en ucraniano). Todo ello, sin hielo.

Bueno, no es información relevante pero en ese momento, puede decirse, comenzó lo que ahora trato de contar.

Casi sorpresivamente, me tomó del brazo, primero, y luego echó el suyo sobre mi hombro al tiempo que con su mano izquierda deslizaba en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta un sobre de color crema. Y esto sucedía a cámara lenta, en tanto me susurraba “ésto te confío y deseo, te ruego, que no lo abras hasta mañana después de las doce”.

Quedé muy impactado. Nuestra confianza era mucha aunque jamás habíamos llegado a un contacto físico tan intenso. En realidad, era casi una norma del grupo. Toda la amistad del mundo pero ni un roce afectivo.

¡Y ese sobre! No era muy abultado… me dio poco tiempo a fijarme en él mientras le respondía –bueno, como tú desees-
Y deseé que llegara mañana.

A la mañana siguiente, que esta vez también llegó, nada más despertarme, tomé el sobre y lo llevé a la mesa del office dónde desayunaba. También lo tuve en el baño, mientras me aseaba. Mientras leía el periódico en Internet, mi vista casi no se separaba del sobre, apoyado en la pantalla del ordenador. No fui a trabajar ese día. Sólo tenía como única ocupación, la de esperar a que sonaran la doce. Comprobé todos los relojes de la casa. Escogí el más adelantado y lo puse al lado del sobre. Era uno de los relojes, de bolsillo, de mi abuelo, que tenía la peculiaridad de dar las doce con agudas campanillas.

Era un sobre crema. Tamaño americano. Ninguna indicación en su anverso o reverso. No estaba cerrado.

Cuando sonó el último tac del reloj y la aguja mayor señalaba exactamente las doce, tomé el sobre y lo abrí. Unas cuartillas, rasgadas todas ellas, a mano, en su orilla izquierda, en papel Conqueror de color crema… estaban dobladas en tres tercios. Con un clip plastificado en negro se adjuntaba una tarjeta de visita, la suya, la de ella, la de Hidlephonse. Un escueto texto manuscrito decía “Haz con ésto lo que quieras y cuando quieras”. Una firma de caligrafía muy personal y un “Abrazos”.

Leí la carta rápidamente. Volví a leerla, esta vez, muy lentamente. Y no sé cuantas veces la habré leído en esa misma mañana.

Por la tarde, la llamé por teléfono. Llamada inútil. En ninguna de las ocasiones en que repetí la llamada hubo alguien que descolgara el teléfono.

Los días siguientes, aparte de intentar contactar telefónicamente, estuve atento a las noticias de los medios de comunicación. No encontré ninguna referencia a ella. Hidlephonse, la hermosa mujer de edad imprecisa, cabellos lacios, castaños, cuyos radiantes ojos azules eran verdes cuando querían confundir al mar.

Y pasado el tiempo, sin que la policía diera pistas de su paradero…

He tomado la decisión de hacer pública su carta. No sé con qué objeto. Tal vez ayude a conformar opinión entre los que tengan acceso a ella. Tal vez fuera eso lo que ella deseaba. En cualquier caso, la carta, por manifestación expresa de ella, ahora era mía. Por tanto, espero que mi decisión de hacerla pública pueda contribuir a algo… por definir.

Es curioso. Leyéndola una y otra vez compruebo que Hidlephonse está reflejando casi todo lo que siento, respecto al asunto que trata. Tal vez, por esa afinidad de almas, ella me confió esos papeles. Sí. Algunas veces yo mismo, en círculos íntimos, había expresado semejantes opiniones. Ahora, Hidle, lo había hecho todo… ¡tan evidente…!

Hidlephonse era hija de obrero alemán, Konrad, que trabajó parte de su vida en una empresa alemana, radicada en el norte español, y que ahora gastaba su vejez cuidando su pequeño huerto mientras la vida se le escapaba entre hortalizas y flores. Su madre, Gertrude, francesa de Cauterets, hermoso lugar al pie de los más bellos Pirineos, había sido profesora de la Sorbona. Podría deducirse que la formación académica de Hidle era muy alta… y lo era. Esa formación le había llevado al agnosticismo puro, sin concesiones o veleidades con el ateísmo. Aún escéptica, mantenía (¿por qué estaré escribiendo en pasado?) una militancia laicista.


Defensora radical de causas a ganar con la esperanza, se posicionaba como defensora de los pueblos indígenas. Se la veía con grupos pacifistas y conservacionistas. Estaba en todos los foros de defensa de la mujer (sin falsos proteccionismos). En fin, todo aquello que supusiera una real progresía. Y aún así, era escéptica.

¿Por qué estos detalles? Realmente no lo sé. No sé si ayudan en algo a entender lo que, en breves instantes, reflejaré literalmente.

Si os parece dejaré, para dentro de un par de días, la copia literal de su carta. Os noto algo cansados.

Así pues, nos vemos el jueves.


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///Post 244 CR 032/090210 - Esperar a las doce
///foto: 090209/P1020354 - Relojes - Esperar a las doce
///enlace: Esperar a las doce - Segunda parte: La carta de Hidlephonse

5.2.09

241 - Cerradas





cerrada, cerrada, cerrada
mil tesoros guarda

cerrada, cerrada, cerrada
serán vivencias del alma

recuerdos de niños
letras pasadas
palabras prestadas

cerradas cerradas cerradas
mil tesoros guardan

que ahora son nada




///Post 241 CR 031/090205 - Cerradas
///foto: 080603/C6230 - Camino de Santiago - Foncebadón - León
///enlace: OVNM International - Closed - English version