Si has llegado hasta esta página, sería deseable que retrocedieras a la anterior, si acaso no la hubieras leído, o bien hazlo porque te apetece recordar la razón por la que ahora transcribo, literalmente, la carta de Hidlephonse, escrita con su peculiar caligrafía, sus distintas plumas de ave y su tinta Quink o Montblanc negra.
Allí, citaba a Fulgencio Máximo. Si no lo conoces, tal vez debieras activar el enlace que hay al pie del post.
Bueno. Lo prometido era continuar el jueves. Hoy es jueves (lluvioso, por otra parte)… ergo continuo.
La carta decía...
Yo, Hidlephonse Broderick Chantellect du Borgogne, en plena posesión de mis facultades mentales, tal como podrán atestiguar todos aquellos que me conocen, especialmente mis amigos y familiares más allegados (por ese orden), como asimismo podrá acreditar mi médico de cabecera y todos aquellos otros que me han tratado de diversas dolencias. En definitiva, como podrá acreditar todo mi entorno laboral y sociocultural…
Declaro desear, de forma llanamente enunciada, y sólo llegado el
caso, declaro desear un suicidio asistido por el Sistema Público de Salud, realizado en las mejores condiciones estéticas e indoloras (por ese orden de prioridades).
Este simple enunciado, que lo es, podría inducir, a algunos, a pensar que realmente no estoy en posesión de las facultades mentales que digo poseer. Podrá pues ser un problema, que no deseo. En cualquier caso… no respondo ante nadie. No obstante, expongo lo que sigue:
Mi primer contacto con la vida fue un acto de negación, de libertad. No tuve opción alguna. Me nacieron. Fruto del amor, pasión, descuido… da igual. Fui nacida.
La vida siguió negándome la libertad. Fui educada de un modo determinado. Mi religión, de la que he apostatado hace ya un tiempo, también me fue impuesta. El azar me hizo nacer en un país donde me fueron negadas, y algunas siguen siéndome negadas, todas las libertades que hoy conforman mi pensamiento, sin que pueda argumentarse que me hicieron nacer en un lugar desarrollado, pleno de posibilidades, como vía exculpatoria. Ningún estado de bienestar justificará jamás la ausencia de libertad.
Soy ahora libre. Libre de religiones que restrinjan y compriman mi pensamiento. Libre de coerciones políticas e ideológicas que compren mi bienestar. Libre de programaciones mentales por superestructuras de poder. Libre de un mercado que decida por mí lo bueno y adecuado, para cada momento de mi vida. Libre al fin.
Y libre al fin, esa libertad ha tenido el efecto perverso de no hacerme más feliz. Y libre al fin, sé ahora de la inutilidad de la existencia.
Así pues, y como acto supremo de identidad, proclamo el derecho a mi propia vida, a las decisiones sobre ella, sin cualquier tipo de injerencia por parte de ideologías fundamentalistas o intereses de estado.
En tanto que ciudadana ejemplar, siempre al corriente de mis obligaciones con el Estado, aún no creyendo en él, solidaria con el resto de mis conciudadanos del mundo, en la medida de lo razonablemente aceptable, deseo que el derecho que reclamo, el derecho a la propia vida, sea recogido en la carta magna de mi país y, por extensión, al orden global. Deseo que dicho derecho, que ni formal ni prácticamente necesito, lo sea a efectos de utilidad pública. El ejercicio del mismo, en modo alguno podrá estar supeditado a ningún tipo de dictamen, por ninguna clase de estamento.
Así pues, como opción siempre voluntaria, expreso mi ruego, cuando no exigencia, de que el suicidio asistido sea incluido como una prestación más del Sistema Público de Salud, garantizando que dicha opción será formalizada con plenas garantías de intimidad, ausencia de dolor, en la medida de lo razonable y un sentido estético que convierta la mayor expresión de mi libertad en algo absolutamente bello.
Expreso, por último, el deseo de que esta aspiración sea una realidad inmediata, sin necesidad de esperar a un mayor desarrollo intelectual de la especie humana.
La ut supra.
(Firma legible en tinta negra)
Post Scriptum
El poseedor de esta carta queda autorizado a dar a conocer la misma, de un modo suficientemente amplio, a fin de favorecer la creación de un estado de opinión, propicio a la superación de obsoletos debates, sobre los diversos tipos de eutanasia que, por nacer viciados en origen, dando por hecho como verdadera la premisa de que siempre tiene que haber alguien que ponga límites, soslayando el hecho primordial de que la vida, sólo es poseída por aquél que es realmente libre.
Amigo mío del alma, aunque sé que siempre dices que la vida son segundos, permíteme que te regale los relojes de mi abuelo, todos, convenientemente parados en algún momento clave de nuestras vidas.
Bien. Esto es todo lo que tenía que contar. Mi empatía con ella, Hidlephose, al menos, en lo que en este asunto concierne, me hace sentir una cierta tristeza, al comprender que el desarrollo humano todavía está anclado en las firmes piedras de la prehistoria. Ni ella, esté donde esté, ni yo, veremos satisfecha este ansia de libertad. Y mucho me temo, que pasarán algunas generaciones más, antes de que el hombre, libre de atavismos, sitúe el derecho a la muerte, por decisión propia, por encima de otros intereses espurios. Al fin y al cabo, aparte de su inutilidad como accidente evolutivo, la vida sólo son... segundos.
///Post 245 CR 033/090212 - La carta de Hidlephonse
///foto: 090210-P1020356 - La carta de Hidlephonse
///enlace: Conocer a Fulgencio Máximo
///enlace: Esperar a las doce (Antecedente, imprescindible, de este post)