En aquellos días, cuando el sol se dejaba acariciar por aquella arena blanca, frente a unas aguas atlánticas que todavía recordaban haber sido mediterráneas, una colonia de charranes disponía de Ilha Formosa como su paraíso natural.
Un intruso, sin más ánimo que recorrer unos kilómetros de playa, en soledad casi absoluta, recoger algunas pechinas, encontrar la concha de aquella enorme tortuga en estado de descomposición, invadió sus lugares, lugares donde anidaban. Eran arenas calientes, más que cálidas. Tal vez eso era lo que les gustaba.
Sincronizadas, aquellas aves lanzaron violentos ataques, vuelos en picado o rasantes sobre el intruso. Éste, en represalia, desenfundó... y disparó. Se los trajo como trofeos. Desde entonces, 2008, están enjaulados en una foto, la foto que acompaña este breve texto, para que todo aquel que lo desee, los libere en sus casas.
Y es que... resulta que el intruso comprende que ellos, los charranes, hacían lo que tenían que hacer.
Más tarde, en el anochecer acompañado, lo recordaba, con su café y tarta de améndoa, mientras los pechineros y otros pescadores contaban viejas historias iluminadas por algo de luna, luz de antiguas farolas, tamizado todo por las delicadas hojas y flores de las albicias.
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Sobre gris y negro • CR091/100916 ©
081225-P1020193 - Pasando sobre gris y negro-W © fotocomposición
unos charranes procedentes de Ilha Formosa – El Algarve - Portugal
pasando sobre una fachada vandálicamente agredida, de un edificio de El Sardinero – Santander
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