Recupero este viejo post publicado en Outra Vaca No Milho, el 20/04/08.
Nunca pude imaginar, en aquellas fechas,
que el tema de los desahucios pudiera llegar a adquirir el dramatismo de hoy en día.
Sirva pues, esta recuperación, a modo de denuncia,
y homenaje a la PAH, Plataforma de los Afectados por las Hipotecas.
Ojalá su ejemplo cunda y las Iniciativas Legislativas Populares
se conviertan en una herramienta habitual de la ciudadanía democrática.
Los dramas humanos, no por ocultos se convierten menos dramas.
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Me paré. Me quedé mirando. Mirando la casa. No me di cuenta y... estábamos los dos mirando su casa. Eran dos miradas distintas. Yo trataba de encontrar la fotografía escondida. La mía era una mirada ausente. La suya, intensa. Era la mirada de unos ojos de fuego.
En una esquina, una gata negra amamantaba a unos famélicos gatitos y tres gorriones buscaban una migas entre unos hierbajos.
Miraba. Él miraba lo que había sido su casa hasta anteayer. No habían pasado ni cuarenta y ocho horas. Más tarde habría de comentarme que hacía 44 horas que lo habían desalojado. Y allí estaba plantado, con todas sus pertenencias puestas. Ni una simple maleta donde guardar algún recuerdo. Bueno... sí. Lo que tenía al lado era una de esas maletas de la posguerra, como de lona, con unas rayas rojas y cantoneras de lata pintadas en un marrón, desgastadas por muchos viajes. Y sí, sí tendría sus pertenencias. Pero pocas podrían ser. Seguro. Serían pocas.
Dos de los gatitos miraban con curiosidad a los gorriones. Coches veloces apenas se interponían entre nuestras miradas. Todo eran miradas.
En el Primero Derecha vivía Asunción. No vive ya, murió de una neumonía el pasado invierno. Cuando Asu era joven, tenía su balcón lleno de geranios. Todos, todos de color rojo. Bueno, no. No. Uno, y todos los años uno, era blanco. Le gustaba explicar que, para ella, representaba su juventud perdida, y con ella la pureza. ¿Y el rojo, señora Asu?. No, el rojo es distinto. Es la pasión que todavía conservo, y quiero conservar. Es la sangre derramada, que he visto derramar de forma estúpida cuando era joven, Es el fuego, que espero que me caliente en los días venideros. Es el color de la esperanza...
No, señora Asu, creo que usted se equivoca, el de la esperanza es el verde.
No hijo, el de la esperanza en un mundo mejor, más solidario y justo, el color de la esperanza es el rojo.
En el Primero Izquierda... el primero izquierda estaba... estuvo habitado por Merche y su hijo. Habían llegado juntos hacía siete años.
Y el padre del niño ¿dónde está? Que no, que el niño no necesita padre, decía seria. Y debía ser así, dado que, por criterio unánime de la vecindad, era un niño perfectamente educado. Se le veía sensible, delicado, fino. Pausado en el hablar, entonación correcta y voz baja. Parecía extranjero, decían en la vecindad. Claro, la vecindad tenía la vaga idea de que los niños extranjeros no eran tan chillones y faltones cómo los de estos lares.
¿Y ahora? ¿La gata? ¿Se había ido?. Los gorriones continuaban allí. Y las tres palomas. Una gaviota sobrevolaba amenazadoramente. Las palomas la miraban de reojo. La sabían su enemiga.
Me parecía que hablaba solo, o que tal vez me convertía en un interlocutor invisible. Seguía contando. Tenía los ojos húmedos, enrojecidos, pero serenos, ahora, que se le estaba apagando el fuego. Tenía los ojos de la aceptación de una causa perdida, los ojos que sabían ver que nadie se molestaría por ellos, por unos viejos de nada.
Y en el Segundo Derecha estaba, sola, Pura la viuda. Viuda desde muy joven, viuda de un sargento del Ejército de Tierra. Contaba cómo en el 57, luchando contra los moros de Sidi Ifni, le reventó en las manos una de aquellas granadas atadas con alambres. Y contaba las historias de esa guerra. Decía ¿y vosotros qué sabéis? Mi Lisardo me escribía unas cartas aterradoras. El sofocante calor del día, el helador frío de las noches, ¿que sabéis del desierto?, decía. Ahora sólo veis postales pero mi Lisardo tenía que andarlo con aquellas alpargatas. Era duro, me contaba, y eso no lo mitigaba nada, ni siquiera aquellos cartones de tabaco, cajetillas, o cigarrillos sueltos que les enviaban desde Canarias. ¡Ah!, y el coñac. La radio se pasaba todo el día pidiendo para nuestros soldados, que estaban haciendo una guerra. Mierda de guerra. ¿Y que hacía el generalísimo?. Nada, no les daba ni armas ni nada. Y la radio poniendo discos dedicados. No les daba nada. Nada. Era increíble, no les daba nada. Pero no, los moros estaban allí, disfrazándose con pieles de cordero, los muy cabrones. ¿Y el Hospital Militar?. Siempre llegaba alguien nuevo. ¡Qué mierda sabéis vosotros!
Por favor doña Pura, no se nos enfade. Eso fue ya hace mucho tiempo.
Se sentó sobre el borde de la maleta, que se plegó ligera y silenciosamente. Debía estar casi vacía. ¿Qué llevaría dentro? ¿Cartas de su juventud? ¿Pequeños recuerdos de historia condensada?. Sí, creo que... seguro, que llevaría toda su vida.
Pasó el autobús. El 5. Lleno de gente con casa.
Me miré. Miré hacia mi interior y vi mi casa. ¡Cuántas cosas inútiles! Y, entre ellas... ¿tendría suficientes como para llenar una pequeña maleta? Me sentí desazonado.
Musitaba. Entrecortadamente, decía algo. Algo del Segundo Izquierda. Ahora caí en la cuenta de que tenía una cabeza ordenada. Repasaba su casa, sistemáticamente.
Estaba doña Isabelita. Aquella agradable señora, rubia blanquecina, de ojos azules y mirada clara, la que tenía siete hijos, ahora seis de ellos colocados y casados. El cuarto le salió mal. Ella, de natural oronda, no parecía preocuparle mucho. Sebastián subía hasta el último piso y, en el rellano, se liaba un poco de yerba. Era pacífico. Bajaba a casa, algo atontado, y no hacía nada. Sacaba a los perros a pasear. ¿No lo he dicho? Sebastián era ese hijo no colocado, no casado, el que le salió mal. Eso era todo. Doña Isabelita era feliz. Su marido había ganado bastante dinero pero le quedaba lo justo. Casi nada. Lo había dilapidado, se contaba, en el juego y mujeres. Lo del juego era conocido, se sabía dónde se lo jugaba. De las mujeres... nadie pudo probar nada. Pero la felicidad de doña Isabelita consistía en que era "doña", una señora, querida por toda la pequeña comunidad. A ella acudían en busca de consejo. Criar a siete hijos, una era hija, le daba una autoridad moral indiscutible.
En el rellano, arriba, donde lo de Sebastián, había una buhardilla. Normalmente nadie la ocupaba pero, de vez en cuando, aparecía una pareja de jóvenes y pasaban unos meses. En los últimos tiempos estuvo vacía. No tenía cerradura y los vecinos subían a dejar cosas que les estorbaban en sus casas, que eran muy pequeñas. Y cuando llegaba la pareja de jóvenes, sin escándalo de ninguna clase, se vaciaba todo, se llevaba a la basura y nada había pasado. Sebastián controlaba parte de lo que sucedía. En esos momentos, no fumaba. Ejercía la autoridad sobre su territorio pese a que nunca había traspasado aquella puerta sin cerradura.
Está la gata, de nuevo. Toma el sol. Los gatitos no se separan más de tres metros.
Le dije que si tenía casa nueva, o un lugar a donde ir. Casi sin mirarme, me contestó que no me preocupara, que sus problemas acabarían pronto. Viendo mi cara de sincera consternación, se apresuró a decirme de nuevo que no me preocupara, que no iba a hacer ninguna tontería. Y le creí.
Remigio, el zapatero, ocupó una esquinita del escaso portal. Allí estuvo hasta que los nuevos tiempos trajeron la tecnología. El decía que la "tenica" nunca sería igual que su trabajo manual, esmerado y pulcro.
Nunca pudo adaptarse a los artilugios mecánicos, sólo leznas, cuerdas, pegamento y poco más era su industria. Nunca llegó a entender la razón de que los nuevos zapateros hiciesen llaves. No andaba nada bien de salud. Un día desapareció. Nadie supo lo que había sucedido. Se especulaba con que una hija había venido para llevárselo a una residencia que las Hermanitas de la Caridad tenían en Palencia, en los alrededores, o por ahí.
Estaba intentando retener lo que me estaba contando cuando me dijo que perdonase, que tenía que marcharse, que había sido muy amable por haber estado charlando con él. Cogió la maleta, hizo una ligera inclinación de cabeza, giró lentamente y, con paso cansado, se fue calle abajo.
Lamenté no haber hablado más tiempo con él. Quizás tuviera muchas cosas que contar. Dándole tiempo, me hubiera dado una visión completa de los tiempos que le había tocado vivir. ¿Que sabía yo de esos tiempos? ¿Y mi maleta? ¿Tendría algo para guardar en ella?.
Triste, pero al mismo tiempo alegre, también me fui, sabiendo que el hombre de la maleta nunca haría una tontería. Seguro que tendría muchas razones para continuar viviendo.
Los gorriones se habían ido. Una gata, tres gatitos, algunas palomas, una gaviota... acompañaban a aquella casa. Pero no por mucho tiempo. En un lujoso despacho, del piso 13, unos hombres con maletines hablaban apresuradamente.
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