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18/5/21

945 - ¿dónde estás?







09-01-09  
muchos no sabíais de mi existencia
desde entonces llovió mucho
pero las flores del mal siguieron fructificando

como siempre, en rojo va un enlace
todo el post es un enlace
los comentarios, si os apetece, allí

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945·CR374·210518 · ¿Dónde estás? ©2021  
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8/3/20

883 - Mujer MMXX



¡mujer!
el futuro habrá llegado cuando la utopía no sea futuro

nadie queda excluido de la búsqueda de la igualdad y la justicia
en la lucha por ese futuro

que se entienda
justicia... tratar desigualmente a los que son desiguales

en ello estamos
aunque sean demasiados los campos de batalla


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883·CR343·200308 · Mujer MMXX ©2020  
w'110112-108-Barcelona ©2011
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24/2/20

881 - El llanto


unas pocas lágrimas
de las muchas derramándose a lo largo y ancho del mundo

solo lloran

por nosotros, por el daño que causamos

la naturaleza tiene sentimientos



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881·CR342·200224 · El llanto ©2020  
w'150511-Acículas ©2015
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8/5/19

857 - As mãos




¿por cuántas manos más habremos de llorar?
¿lloraremos también por las nuestras?

es
el naufragio de la civilización


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857·CR329·190508 · As mãos ©2019  
CR329-w'150714-024-Portugal-Braga-As mãos ©2015
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foto vista en la Santa Casa da Misericórdia de Braga
con la leyenda
600 anos ao Serviço da Solidariedade

23/10/18

819 - El partido


no habíamos ganado
no habíamos perdido
había sido un partido extraordinario
todos éramos felices
¡o no!

nuestros padres y madres seguían peleándose
revolcándose en el césped

habían perdido


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819·CR309·181023 · El partido ©2018  
w'110630-029-Francia-Prats de Molló ©2011
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22/5/18

808 - El alma doblada


solo era un día más
no recordaba mucha diferencia entre los días
tal vez... un vago recuerdo de que una vez fue niña
en el que los días solo eran un día más

no solo tenía la espalda doblada
el alma también
el alma doblada

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808·CR307·180522 · Alma doblada ©2018  
w'171010-912-Marruecos-Ourzazáte-Tafraoute-Sidi Alí ©2017
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13/5/18

806 - Pesada carga


no era tanto el peso a soportar
esa 'pesada' carga
sino la ingratitud permanentemente manifiesta

nunca había saboreado los frutos de su esfuerzo
se sentía... ¡como algunos en familia!


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806·CR306·180513 · Pesada carga ©2018  
w'715'150511-001- Camino de Santiago- De Olveiroa a Muxía ©2018
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añado hoy, con pena, lo que en su día escribí

G A Z A 

3/3/18

794 - Voces blancas




se esforzaban en hacer oír sus armoniosas voces

sus angelicales cánticos nunca sería oídos por los de la NRA

 a ellos solo les gustaban los so-ni-dos-de-sus-ar-mas

sin importarles dónde sonasen



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794·CR300·180303 · Voces blancas ©2018 
w'709'090509-176-New York©2009
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25/6/17

770 - Memoria



unos, la conservan
como un tesoro que apenas valoran

otros, la van perdiendo poco a poco
más deprisa de lo que el mar desgasta los acantilados del cantábrico

algunos, ya no saben lo que es
solo un agujero negro, el sumidero de su existencia

y todo es natural... lo que la vida nos da

pero hay algunos que la niegan
el pasado no ha existido
para que el futuro se conforme a su antojo

pese a quién pese


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770·CR286·170612 · Memoria ©2017  
713'130716-015-Teruel-Belchite-w ©2013
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25/4/17

764 - Concentración





entre ellos no había distancias
mayores eran sus distancias con nosotros

ellos
en contacto con los suyos
nosotros
tratando de derribar muros


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764·CR283·170425 · Concentración ©2017  
713'130609-071-telefoneando-w ©2013
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28/1/17

750 - Latinos




no vienen buenos tiempos 
¿no?
todo eso de lo que tanto se hablaba ya está aquí

calla y sigue descansando
que somos negros

menos mal que no somos latinos



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750·CR276·170128 · Latinos ©2017
709'090512-043-New York-Descansando-w ©2009
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20/11/16

738 - Deconstrucción a la zanahoria



habían tardado unos 240 años en levantar el gran edificio

ha llegado el momento
ahora
de comenzar a derribarlo
y otros edificios caerán... también

en ese camino
muchos habrán de perder lo poco que habían conseguido



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738·CR269·161120 · Deconstrucción a la zanahoria ©2016  
709'090513-NY-C1477-w ©2009
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14/3/16

710 - Barreras





otro mundo es posible...  e imprescindible
saben que está al otro lado
hacia él se dirigen

les asiste todo el derecho

abramos nuestras puertas
¡ya!



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710·CR254·160314 · Barreras ©2016  
514'141019-002-Portón-w ©2014
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16/11/15

694b - Despegar



inicio el vuelo
tiempo tendré de volver a visitar vuestros trabajos
no faltaré

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somos PARÍS, y todos aquellos lugares del mundo donde viven las víctimas de la barbarie
el Sena es de color rojo, entremezclado con saladas lágrimas
 las lágrimas del dolor y del miedo

laten las preguntas
mi dedo acusa a tantos culpables con responsabilidades compartidas
para ellos... todos los infiernos


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694·CR245·151116 · Despegar ©2015  
713'130611-010-Aéreas-Winglet-©2013

30/4/14

627 - Objetivo alcanzado



superadas las vallas de la incomprensión… de la intolerancia
la penosidad del largo y duro camino, árido o salobre
de las cuchillas que cortan el alma 
concertinas de música sangrante
había descubierto la felicidad
… y ella también


otro mundo era posible
aquí mismo
en éste



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627·CR211·140430 · Objetivo alcanzado ©2014  
711'110112-110-Barcelona-w ©2011
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4/3/14

615 - Multicoloridad



solamente la ‘multicoloridad’
puede traernos la paz
es la paz el mejor cultivo
para que la multiculturalidad florezca


only multicolored people
can bring us peace
Peace  is the best crop
for multiculturality to bloom


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615·CR205·140304 · Multicoloridad ©2014  
713'130608'499-Amsterdam-w ©2014
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16/4/13

569 - Cayuco de cristal (R)






Algunas veces es necesario recuperar antiguos relatos 
por ejemplo, como recordatorio de que los viejos problemas siguen sin solución
Lo publiqué en julio del 2008 en mi primer blog, OVNM (Outra Vaca No Milho) 
con motivo de una reunión mundial de jefes de estado
Vosotros juzgaréis




Es una historia mínima, de esa clase de historias que no pueden interesar a alguien.

Al parecer, el individuo había estado trabajando duro, desde hacía ya bastantes años.

Tenía la ilusión de hacer un cayuco de cristal... y lo consiguió. Invirtió todo su tiempo, y sus ahorros también, en diseñarlo. Muchos años de ahorros. Sí. Habría de ser algo especial para el gran proyecto que albergaba. El caso es que lo consiguió. Consiguió tener su cayuco de cristal. 

Tenía ese individuo muchos contactos en África. Precisamente allí se había desarrollado una técnica especializada en la fabricación de esas frágiles embarcaciones... pero ninguno de cristal, que era algo impensable ni siquiera dentro del mundo de los sueños. Para soñar hay que tener referentes reales sobre los que construir los sueños. Ellos, los de ese continente, tenían muchos recursos, pero ninguno real, o al menos, sobre los que se pudiera fabricar un sueño de esa clase. 

El individuo, al que llamaré Nelson, tenía contactos y supongo que ellos fueron los que, con un complejo entramado de síntesis animista y sincretismo religioso, consiguieron que a una invitación de Nelson personalidades muy importantes del mundo que dispone de recursos con los que construir sueños, respondieran afirmativamente a la invitación que le hacía, invitación en la que les proponía un singular viaje. Obvio parece que ese viaje habría de realizarse en el asombroso cayuco de cristal. 

Y llegó el deseado día de Nelson. Los tenía a todos en la playa. El de Francia, el de España, el de el Reino Unido, el de Italia, la de Alemania... así, una nómina de altos cargos que creen regir los destinos de los hombres. Gente sin un nombre decente pero fácilmente reconocibles dentro de los medios de comunicación. Reconocibles, pensaba Nelson, pero no conocibles, por lo desfigurado de sus almas. 

Sentados todos en el suelo, sin protestar, tomándose el viaje como un juego, pensando en la gran cantidad de pececitos de colores y corales que podrían divisar, esos hombres, una mujer también, señores de todas las cosas, disfrutaban de lo que parecía un viaje prometedor. Estaba claro que todos los magos africanos ejercían bien su poder a distancia, ya que nadie objetó nada... en ningún momento. 

Fue un viaje singular. El suelo transparente les dejó ver la realidad de aquél océano. No había pececitos ni corales. Cadáveres y más cadáveres nadaban bajo sus pies. Prefiero no describir su estado exacto, los detalles, quiero decir. Ojos bien abiertos les hablaban al conjunto de hombres que pasarían a los libros de historia. Ojos acusadores, con lágrimas para salar el mar. Sí. Ya sé que eso ya lo escribí otra vez, que hay lágrimas que son las que salan los mares que conocemos. Es una realidad que me gusta recordar. 

El techo transparente del cayuco, y es que ahora estaba sumergido, le permitía divisar manos, manos moviéndose libremente señalando destinos utópicos. Vientres con su fruto marchito. Pies tratando de correr por desiertos de agua. Agua dentro de agua. Mentes licuadas y desvanecidas en el aire de los sueños perdidos. 

Recorrieron las costas. La africana, la europea... las costas. Y más cadáveres. Muertos. Cadáveres muertos sin fecha de caducidad. 

Cuando se acabó el viaje, Nelson los despidió educadamente. No les dijo nada. Nada acerca del gran esfuerzo que había realizado en ofrecerles, con ese viaje, el regalo de su vida. No les pidió nada. Les regaló otra sonrisa. 

Se fueron todos a sus transcendentales ocupaciones. Unos tenían que firmar un no sé qué, para regular a los emigrantes. Para impedirles no sé qué. Para evitar no sé qué. Otros tenían comprometida una gran comida, diecinueve platos, les habían dicho, con el de los Estados Unidos, el de Rusia, el de Japón... y así la alta nómina de esos que... Todos estaban muy ocupados. Estaban contentos ya que, además de comer, plantarían un arbolito. 

Nelson les dijo adiós con la palma de la mano, con su blanca palma de su negra mano. Vio su negro rostro reflejado una vez más en su cayuco de cristal y supo lo que tenía que hacer. Sumergido, con su cayuco de cristal, se volvió agua para ir buscar a los suyos y desleírse entre ellos.

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569·CR181·130416· Cayuco de cristal (R) ©2013  
402071227-001-Santander-La Magdalena-w ©2013
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19/2/13

557 - El desahucio (R)



Recupero este viejo post publicado en Outra Vaca No Milho, el 20/04/08. 
Nunca pude imaginar, en aquellas fechas,
que el tema de los desahucios pudiera llegar a adquirir el dramatismo de hoy en día.

Sirva pues, esta recuperación, a modo de denuncia,
y homenaje a la PAH, Plataforma de los Afectados por las Hipotecas.
Ojalá su ejemplo cunda y las Iniciativas Legislativas Populares
se conviertan en una herramienta habitual de la ciudadanía democrática.

Los dramas humanos, no por ocultos se convierten menos dramas.



· · ·

Me paré. Me quedé mirando. Mirando la casa. No me di cuenta y... estábamos los dos mirando su casa. Eran dos miradas distintas. Yo trataba de encontrar la fotografía escondida. La mía era una mirada ausente. La suya, intensa. Era la mirada de unos ojos de fuego.

En una esquina, una gata negra amamantaba a unos famélicos gatitos y tres gorriones buscaban una migas entre unos hierbajos.

Miraba. Él miraba lo que había sido su casa hasta anteayer. No habían pasado ni cuarenta y ocho horas. Más tarde habría de comentarme que hacía 44 horas que lo habían desalojado. Y allí estaba plantado, con todas sus pertenencias puestas. Ni una simple maleta donde guardar algún recuerdo. Bueno... sí. Lo que tenía al lado era una de esas maletas de la posguerra, como de lona, con unas rayas rojas y cantoneras de lata pintadas en un marrón, desgastadas por muchos viajes. Y sí, sí tendría sus pertenencias. Pero pocas podrían ser. Seguro. Serían pocas.

Dos de los gatitos miraban con curiosidad a los gorriones. Coches veloces apenas se interponían entre nuestras miradas. Todo eran miradas.

En el Primero Derecha vivía Asunción. No vive ya, murió de una neumonía el pasado invierno. Cuando Asu era joven, tenía su balcón lleno de geranios. Todos, todos de color rojo. Bueno, no. No. Uno, y todos los años uno, era blanco. Le gustaba explicar que, para ella, representaba su juventud perdida, y con ella la pureza. ¿Y el rojo, señora Asu?. No, el rojo es distinto. Es la pasión que todavía conservo, y quiero conservar. Es la sangre derramada, que he visto derramar de forma estúpida cuando era joven, Es el fuego, que espero que me caliente en los días venideros. Es el color de la esperanza...
No, señora Asu, creo que usted se equivoca, el de la esperanza es el verde.
No hijo, el de la esperanza en un mundo mejor, más solidario y justo, el color de la esperanza es el rojo.

En el Primero Izquierda... el primero izquierda estaba... estuvo habitado por Merche y su hijo. Habían llegado juntos hacía siete años.

Y el padre del niño ¿dónde está? Que no, que el niño no necesita padre, decía seria. Y debía ser así, dado que, por criterio unánime de la vecindad, era un niño perfectamente educado. Se le veía sensible, delicado, fino. Pausado en el hablar, entonación correcta y voz baja. Parecía extranjero, decían en la vecindad. Claro, la vecindad tenía la vaga idea de que los niños extranjeros no eran tan chillones y faltones cómo los de estos lares.

¿Y ahora? ¿La gata? ¿Se había ido?. Los gorriones continuaban allí. Y las tres palomas. Una gaviota sobrevolaba amenazadoramente. Las palomas la miraban de reojo. La sabían su enemiga.

Me parecía que hablaba solo, o que tal vez me convertía en un interlocutor invisible. Seguía contando. Tenía los ojos húmedos, enrojecidos, pero serenos, ahora, que se le estaba apagando el fuego. Tenía los ojos de la aceptación de una causa perdida, los ojos que sabían ver que nadie se molestaría por ellos, por unos viejos de nada.

Y en el Segundo Derecha estaba, sola, Pura la viuda. Viuda desde muy joven, viuda de un sargento del Ejército de Tierra. Contaba cómo en el 57, luchando contra los moros de Sidi Ifni, le reventó en las manos una de aquellas granadas atadas con alambres. Y contaba las historias de esa guerra. Decía ¿y vosotros qué sabéis? Mi Lisardo me escribía unas cartas aterradoras. El sofocante calor del día, el helador frío de las noches, ¿que sabéis del desierto?, decía. Ahora sólo veis postales pero mi Lisardo tenía que andarlo con aquellas alpargatas. Era duro, me contaba, y eso no lo mitigaba nada, ni siquiera aquellos cartones de tabaco, cajetillas, o cigarrillos sueltos que les enviaban desde Canarias. ¡Ah!, y el coñac. La radio se pasaba todo el día pidiendo para nuestros soldados, que estaban haciendo una guerra. Mierda de guerra. ¿Y que hacía el generalísimo?. Nada, no les daba ni armas ni nada. Y la radio poniendo discos dedicados. No les daba nada. Nada. Era increíble, no les daba nada. Pero no, los moros estaban allí, disfrazándose con pieles de cordero, los muy cabrones. ¿Y el Hospital Militar?. Siempre llegaba alguien nuevo. ¡Qué mierda sabéis vosotros!

Por favor doña Pura, no se nos enfade. Eso fue ya hace mucho tiempo.

Se sentó sobre el borde de la maleta, que se plegó ligera y silenciosamente. Debía estar casi vacía. ¿Qué llevaría dentro? ¿Cartas de su juventud? ¿Pequeños recuerdos de historia condensada?. Sí, creo que... seguro, que llevaría toda su vida.

Pasó el autobús. El 5. Lleno de gente con casa.

Me miré. Miré hacia mi interior y vi mi casa. ¡Cuántas cosas inútiles! Y, entre ellas... ¿tendría suficientes como para llenar una pequeña maleta? Me sentí desazonado.

Musitaba. Entrecortadamente, decía algo. Algo del Segundo Izquierda. Ahora caí en la cuenta de que tenía una cabeza ordenada. Repasaba su casa, sistemáticamente.

Estaba doña Isabelita. Aquella agradable señora,  rubia blanquecina, de ojos azules y mirada clara, la que tenía siete hijos, ahora seis de ellos colocados y casados. El cuarto le salió mal. Ella, de natural oronda, no parecía preocuparle mucho. Sebastián subía hasta el último piso y, en el rellano, se liaba un poco de yerba. Era pacífico. Bajaba a casa, algo atontado, y no hacía nada. Sacaba a los perros a pasear. ¿No lo he dicho? Sebastián era ese hijo no colocado, no casado, el que le salió mal. Eso era todo. Doña Isabelita era feliz. Su marido había ganado bastante dinero pero le quedaba lo justo. Casi nada. Lo había dilapidado, se contaba, en el juego y mujeres. Lo del juego era conocido, se sabía dónde se lo jugaba. De las mujeres... nadie pudo probar nada. Pero la felicidad de doña Isabelita consistía en que era "doña", una señora, querida por toda la pequeña comunidad. A ella acudían en busca de consejo. Criar a siete hijos, una era hija, le daba una autoridad moral indiscutible.

En el rellano, arriba, donde lo de Sebastián, había una buhardilla. Normalmente nadie la ocupaba pero, de vez en cuando, aparecía una pareja de jóvenes y pasaban unos meses. En los últimos tiempos estuvo vacía. No tenía cerradura y los vecinos subían a dejar cosas que les estorbaban en sus casas, que eran muy pequeñas. Y cuando llegaba la pareja de jóvenes, sin escándalo de ninguna clase, se vaciaba todo, se llevaba a la basura y nada había pasado. Sebastián controlaba parte de lo que sucedía. En esos momentos, no fumaba. Ejercía la autoridad sobre su territorio pese a que nunca había traspasado aquella puerta sin cerradura.

Está la gata, de nuevo. Toma el sol. Los gatitos no se separan más de tres metros.

Le dije que si tenía casa nueva, o un lugar a donde ir. Casi sin mirarme, me contestó que no me preocupara, que sus problemas acabarían pronto. Viendo mi cara de sincera consternación, se apresuró a decirme de nuevo que no me preocupara, que no iba a hacer ninguna tontería. Y le creí.

Remigio, el zapatero, ocupó una esquinita del escaso portal. Allí estuvo hasta que los nuevos tiempos trajeron la tecnología. El decía que la "tenica" nunca sería igual que su trabajo manual, esmerado y pulcro.
Nunca pudo adaptarse a los artilugios mecánicos, sólo leznas, cuerdas, pegamento y poco más era su industria. Nunca llegó a entender la razón de que los nuevos zapateros hiciesen llaves. No andaba nada bien de salud. Un día desapareció. Nadie  supo lo que había sucedido. Se especulaba con que una hija había venido para llevárselo a una residencia que las Hermanitas de la Caridad tenían en Palencia, en los alrededores, o por ahí.

Estaba intentando retener lo que me estaba contando cuando me dijo que perdonase, que tenía que marcharse, que había sido muy amable por haber estado charlando con él. Cogió la maleta, hizo una ligera inclinación de cabeza, giró lentamente y, con paso cansado, se fue calle abajo.

Lamenté no haber hablado más tiempo con él. Quizás tuviera muchas cosas que contar. Dándole tiempo, me hubiera dado una visión completa de los tiempos que le había tocado vivir. ¿Que sabía yo de esos tiempos? ¿Y mi maleta? ¿Tendría algo para guardar en ella?.

Triste, pero al mismo tiempo alegre, también me fui, sabiendo que el hombre de la maleta nunca haría una tontería. Seguro que tendría muchas razones para continuar viviendo.

Los gorriones se habían ido. Una gata, tres gatitos, algunas palomas, una gaviota... acompañaban a aquella casa. Pero no por mucho tiempo. En un lujoso despacho, del piso 13, unos hombres con maletines hablaban apresuradamente.




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557·CR175·130219 · El desahucio ©2013  
412071022-c3066-El desahucio-w ©2007