Era un día
más. Caminaba por la acera.
Siempre
he sido observador. No se me escapaban los pequeños detalles. Me preocupaba
mucho la alineación correcta de las baldosas y su estado de conservación, que
las tapas de los diversos registros estuvieran perfectamente colocadas y
orientadas en dirección al sentido de lectura de cualquier ciudadano, que
partiese desde el punto centro de la ciudad, el Ayuntamiento. Había mucha
información escrita en el suelo, algo que me permitía conocer someramente lo
que podría encerrar. Tal vez fueran recuerdos de una niñez en la que me gustaba
explorar, caminando por alcantarillas, buscando alguna luz que me llevara al
exterior, subiendo alguna escalera de hierro incrustada en un angosto tubo
vertical. Era emocionante aparecer en medio de alguna calle, ante el asombro de
los viandantes… pero creo que esa ya es otra historia distinta a la que ahora me
ocupa.
Las
tapas de los registros, en general, eran casi todas de hierro. Podría
clasificarlas en dos familias, sin esquinas y con esquinas. De las primeras,
abundaban más las circulares que las ovoides, o falsos ovoides. En cuanto a las
otras, dominaban las rectangulares sobre las cuadradas. Si de bajorrelieves se tratara, y eran necesarios
para evitar resbalones, las de cemento no los necesitaban, por su textura
rugosa, aunque tuvieran, por general, grabado el logotipo de la empresa
correspondiente. Las de hierro, fundido, que no lo dije, tenían un sinfín de modelos.
Entre
esos relieves, uno de ellos era el formado por pequeños tacos cuadrados
emergentes, de tres centímetros de lado, con una altura de medio centímetro. Dos
leyendas, con la identificación de la entidad responsable y la finalidad, se
incrustaban dentro ese conjunto de pequeños tacos.
Caminaba,
como siempre lo hacía, por aquella acera. Una tapa, que se ajustaba a la
descripción del párrafo anterior, me llamó poderosamente la atención. No era la
que debía haber sido. Que conste que ya conocía todas, como un pastor conoce a
sus ovejas. Pero no, esa mañana ya no era la misma. En realidad, casi lo era si
no fuera porque uno de esos pequeños tacos no era exactamente igual que en días
anteriores.
No era
el taco central, pero estaba situado casi en el centro geométrico. Tenía una
peculiaridad que lo hacía diferente. Había aparecido en él una especie de
oquedad irregular, fruto tal vez de un fuerte impacto. Un minúsculo agujero de unos
3 milímetros de diámetro cuyos bordes, muy difuminados, eran de color purpurina
dorada con brillos opalescentes.
Estaba
de pie pero no tardé nada en inclinarme, para cerciorarme de lo visto. Ya
cerca, pude observar una cierta luminiscencia interior, rojiza. Y me acerqué
más y creo que ese fue mi error. Súbitamente fui succionado por una extraña
fuerza. No me lo explico, pero fui tragado por aquel diminuto agujero, o lo que
hubiera dentro de él. ¿Sería algún tipo de abducción inversa, o arrebato?
No sé
cuanto duró el viaje. Siempre envuelto en esa tonalidad rojiza, y envuelto en
una luminosidad psicodélica, avanzaba a través de un quíntuple helicoide de
tonalidades tornasoladas, similares a las producidas por la gasolina sobre
agua. En algún momento me encontré en otro mundo, una réplica exacta del
nuestro. Réplica, digo, muy bien lograda. Todo era… ¡plástico!. Plástico, aclaro,
en su acepción de material, que no fuerza expresiva que fuerce o realce ideas o
imágenes mentales que, precisamente, en ese momento me estaban… saturando. También
empleo la palabra plástico en sentido general, sin entrar en detalles sobre sus
infinitos polímeros.
Tal vez deba
precisar el párrafo anterior. A medida que me iba desenvolviendo en ese mundo
pude apercibirme, con pavor, que no sólo las cosas eran de plástico, también
eran de plástico las ideas, las emociones, los sentimientos. No me dio tiempo a
comprobar si también lo era el amor pero, en todo caso, sería de un plástico
muy ligero, evanescente.
Yo era
real. Creo. Me palpé y sentí mi carne. Me palpé y sentí mi ropa. Craso error.
Nunca debí haberlo hecho. Al palparme sentí un bulto en un bolsillo de mi chaqueta.
Ese día llevaba una chaqueta gris con coderas del mismo tono. Lo recuerdo dado
que casi nunca uso chaquetas, de hecho era la primera vez que la usaba en la
última docena o veintena de años.
No fumo pero,
extrañamente, encontré en ese bolsillo una aplastada cajetilla de cigarrillos
Camel, sin filtro, con un reluciente mechero Ronson. No sé por qué lo hice, no pude resistir el impulso,
pero saqué un cigarrillo y encendí el mechero.
Fue un
flash instantáneo. Todo aquel mundo se incendió y se vaporizó… y creo que yo
con él. La cuestión es que ahora mismo estoy muy preocupado. No sé desde donde estoy
escribiendo.
Por
cierto ¿quién habrá metido el Camel y el Ronson en mi bolsillo? Sí que recuerdo
que me había tomado una cerveza con Carlota. Ella si fuma. ¿O debo decir
fumaba?
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