Tampoco hoy había sido un buen día. Normalmente, hacía ya años que
ningún día era bueno para ella. Al menos, ninguno le satisfacía plenamente.
Broadway había sido su sueño diario, desde que tenía pocos años y se
escapaba del apartamento para deambular por la zona. Escapar del internado, más
tarde, le había costado mucho más esfuerzo y bastantes castigos. En Broadway,
miraba los luminosos anuncios que le comían sus ojos. En ellos habitaban sus
ídolos de la interpretación.
Había crecido con voluntad y tesón, siendo ahora una buena actriz. La
interpretación tenía pocos secretos para ella. Lejos quedaban aquellas horas
intempestivas de ensayos entre vapores alcohólicos y densas nubes de tabaco.
Definitivamente, no había sido un buen día, sólo otro más en el que ninguno
de sus sueños se había hecho realidad. Debía apurar el perrito caliente,
beberse su aguado café, deshacerse del vaso de plástico y de la servilleta de
papel, tomar una gran bocanada de aire fresco y echar a andar hacia Broadway, a
dos minutos. Sí, el día no había sido bueno. Entraría por la puerta principal
del Majestic Theater, donde por enésima
semana se representaba The Phantom of the Opera. Accedería con paso firme y el
mentón levantado. Ella era de los que no pagaban el centenar de dólares necesarios
para franquear la entrada. Abriría aquella conocida puerta…
Recordaba ahora el pasado año, cuando en el cercano local, el Winter
Garden Theater, representándose Mamma Mia, entraba con el mismo orgullo a
realizar idéntica función.
… y continuaría por el estrecho pasillo hasta su pequeño camerino.
No tenía un gran salario. Trabajar en los mejores locales de Broadway
siempre había sido para ella un gran orgullo y ya sólo eso formaba parte de su
salario oculto. Aunque hoy tampoco hubiera sido un gran día, el escenario había
sido suyo.
Diez horas más tarde, después de dejar bien ordenados en su camerino todos los útiles de limpieza, todo esmeradamente colocado en sus armarios, después de apagar las luces y dejar todas las
puertas cerradas y bien cerradas, saldría por la puerta del Majestic, ¡en Broadway!,
cansada pero con la frente levantada y una amplia sonrisa.
No había sido un gran día pero durante el trayecto hasta su apartamento
no dejaría de representar, mentalmente, todas y cada una de aquella obras que
había representado en aquel internado en que estuvo recogida algunos años de su
casi olvidada vida.
Ya en casa, desde una esquina un viejo televisor asistiría impávido al
recuerdo de todas aquellas canciones que una y otra vez había entonado en el coro
de su congregación en Harlem, al que debía la educación de su portentosa voz.
Cómo en las películas que había visto repetidas veces, el ruido y la
vibración del tren, que pasaba elevado frente a su ventana, competiría con las
representaciones diarias que se producían en aquella pequeña sala de estar.
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