26.5.09

282 - La chica del taxi azul






Espera con calma la llegada de un taxi. Hablo con ella. Me lo cuenta. Al parecer, todas las chicas que esperan un taxi me cuentan una historia.

De vez en cuando desvía la mirada, sin perder la atención, para picotear algo con lo que reponer fuerzas. Son muchos días de espera. Me dice exactamente, sin consultar ninguna agenda, las horas que lleva allí sentada, en esa pequeña plaza desde la que, todos los visitantes que Nueva York devora, hacen fotografías al Flatiron. Ella me dice que es La Plancha, que así es como le llaman otros.

No le digo nada. No deseo desanimarla ya que tengo la certeza, perdón, tengo la casi certeza, de que su espera será eterna. Su espera de ese taxi azul.

No necesito hacerle muchas preguntas. Habla con voz queda acerca de ese taxi. Tiene que ser azul no en vano ella se ha vestido así, de amarillo, para esa especial ocasión.
Le insinúo que Nueva York está repleta de limusinas blancas. Mueve desdeñosa, pero delicadamente, las manos en un gesto harto elocuente. También le hablo de limusinas negras, menos, pero abundantes, aunque ella insiste. El azul es el color que mejor combina con ella. Con ella, como si ella fuera su vestimenta.

Me acerco a un puesto callejero y le traigo un zumo de maracuyá. Hace calor, 76ºF y la humedad es alta. Me pregunta si no lo había de naranja o melocotón. Mejor naranja.

Mientras regreso con el zumo, ahora naranja, cientos de taxis pasan en todas las direcciones. Sé que no veré ninguno azul… pero miro intensamente como si en ello fuera mi felicidad.



Taxis veloces tiñen la Quinta con mínimas estrellas amarillas, fugaces.
Peatones rápidos dejan el rastro de su existencia, prendido en el aire.
Árboles atados al ruído confunden su sombra con un falso cielo.
Y un falso mar trepa por un rascacielos.



Y con prisas,
un árbol cálido quiere llegar a una plaza,
donde una chica vestida de amarillo, espera un taxi,
para contarle el secreto que todos le ocultan.
El azul no existe. No existe en movimiento.

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:::Post 282 CR 045/090526 - La chica del taxi azul
:::foto: 090513-C1556 - La chica del taxi azul - f/3.5 - 1/400 seg - 420*mm
:::foto: 090515-C1628 - Prisas - f/2.7 - 1/4 seg - 36*mm
:::foto: 090509-P1020565 - Arbol veloz - f/3.3 - 1/60 seg - 30*mm
:::
enlace English Version: INT 031 - The blue girl taxi


20.5.09

280 - Cuelgan invisibles




Cuelgan--------Cuelgan musicales notas horizontales sonando en pentagramas invisibles

palabras-------Cuelgan de un arco siete colores con infinitas combinaciones invisibles

apoyadas------Cuelgan ropas olorosas de gentes invisibles

en--------------Cuelgan pensamientos y sentimientos de almas invisibles

una-.-----------Cuelgan cielos estrellados sostenidos por manos invisibles

vertical---.-----Cuelgan del viento movimientos presurosos en hojas invisibles


invisible-..-----Cuelgan ¿qué cuelgan? ¿qué cuelgan?

...


Y mientras cuelgan…
son sólo
rojos segundos invisibles
los que pasan en un momento.

.
.

:::Post 280 CR 044/090520 - Cuelgan ropas en Triacastela (Lugo)
:::foto: 080606-C6405 - Ropa colgada cerca de Triacastela (Lugo) - Camino de Santiago)
:::Canon S3IS - f/3.5 - 1/400 seg - 150 mm*

:::enlace / link: La Mirada Ausente - Ropas invisibles

4.5.09

278 - Bichos




Aquellos extraños bichos, diminutos bichos, llegaron a mi piel. No recuerdo cuando pero, al mirarlos, los encontraba familiares. Me parecía reconocerlos como algo mío. No obstante, su llegada, aunque incomprensible, no dejó de ser un gran acontecimiento.

Los veía pasar por el dorso de mi mano mientras escribía. En algunas ocasiones, tenía la sensación de que eran ellos los que movían el lápiz del número 1 que siempre utilizo para escribir. Número 1 o B, de dureza, aunque esa dureza diese igual, ya que yo nunca borro nada de lo que escribo… si es que no escribían ellos.

Su longitud, la de cada uno de esos bichos, era de un quinto de milímetro. Tal vez hubiesen escogido esa longitud sabedores que, por debajo de esa medida, yo no distingo longitudes exactas. Eran negro acorazado azabache. Rápidos.

Algunas veces, me producían una sensación de agradable cosquilleo. No ahora. Ya no.

Mientras su vida se desarrolló en el dorso de mi mano, no hubo problema alguno, pero ahora la situación había cambiado. Algunos de ellos se habían deslizado hasta la pierna, donde apoyo la libreta imaginaria en la que podría tomar notas. Taladrando el pantalón, algo que no sé a ciencia cierta cuándo lo hicieron, ni cuánto trabajo les habría costado, llegaron a mi piel.

Ya no, decía. Ya no me producían un placentero cosquilleo dado que, con inusitada violencia y persistencia, taladraron mi piel y comenzaron a trazar un intrincado y complejo laberinto de galerías por los que los “veía” deslizarse. Y "veía" el sonido que producían. Realmente, los sentía. Y ahora, dado que antes no les había prestado la suficiente atención, sentía sus siete diminutos pares de patas corriendo por esas galerías bajo mi piel. Había llegado a una conclusión: con siete pares de patas no eran insectos, ni tampoco arácnidos... y no llegaban a miriápodos.

Ya no, decía. No me producían un cosquilleo placentero. Era una sensación ahora insoportable, aún así descriptible. No he podido hacer conjeturas acerca de las posibles actividades que desarrollaban bajo mi piel, pero el caso es que no se movían en una zona determinada, con contornos precisos. Ni siquiera, que desde esa zona tan concreta pudieran ir extendiéndose.

No era así, como podía figurármelo. Ahora constato una realidad. Suelen desarrollar su actividad, cualquiera que sea, en zonas claramente delimitadas, zonas no muy grandes, de unos cien centímetros cuadrados o un poco más, zonas bastante precisas, de contorno muy definido pero irregular. En estos momentos, su actividad está localizada en la zona exterior de la pierna izquierda, a medio camino entre la cadera y la rótula. Tal vez en unas horas cese, tal vez en unas horas, o días, aparezcan en otra zona de mi cuerpo. Y no encuentro solución alguna. No es un picor. Rascar no es un alivio.

En mis últimas observaciones, había podido comprobar que sus zonas preferidas eran los brazos y piernas, y que su frenética actividad tenía periodos de descanso pero, ahora, no hace mucho tiempo, he notado un salto cualitativo inquietante. Al menos, turbador en tanto que me atañe tan directamente, sin que, todavía, no haya evaluado concienzudamente sus implicaciones y consecuencias. La cuestión es que… acaban de llegar al cuero cabelludo, especialmente, en las zonas parietales donde la piel, al menos la mía, es más fina. Ellos, estos condenados bichos, cavan millones de galerías. Millones puede ser una exageración, pero a mí me lo parecen.

Todavía recuerdo mi niñez, cuando podía llenar hojas y hojas de papel blanco en las que dibujaba, con bastante detalle, con tinta china, millones de galerías. Sí. Otra exageración. El caso es que, en aquellas galerías subterráneas, hacía que se desarrollasen actividades inusitadas. Innumerables personajes corrían por ellas. Tanques y otros vehículos de guerra… incluso barcos y submarinos, dado que aquellas galerías también albergaban lagos y salidas directas al mar. Pero esto sucedía en mi niñez, que paulatinamente estoy abandonando. Y es este pensamiento, el de aquellas intrincadas galerías y grutas, el que me hace sopesar la posibilidad de que algo así esté ocurriendo dentro de mí... sin que sea yo quién las dibuje.

Retomando mis preocupaciones, ese asalto a mi cuero cabelludo, me hace temer que esos laboriosos bichos puedan iniciar pequeñas trepanaciones del cráneo con probables consecuencias para mis ideas. No creo que me convenga una fuga de las mismas, dado que el repertorio del que dispongo no es muy abultado. Una lobotomía no me parece aconsejable en esta etapa de mi existencia aunque, por otra parte, pudiera ser interesante una entrada masiva de nuevas ideas o pensamientos… dado que el repertorio del que dispongo actualmente no es muy abultado. Sí. Se nota que repito las ideas.

No sé que desear. Tampoco sé cuánto tiempo piensan vivir en mí estos bichitos. Estoy desarmado. No sé cómo eliminarlos… ni siquiera sé si debiera eliminarlos. A estas alturas ya les he tomado un cierto afecto. Creo que debo adquirir una cierta calma, para seguir sus movimientos y evolución. También creo que una medida prudente sería ponerles un nombre colectivo, de momento en tanto no los vaya conociendo uno a uno. Tal vez, con identidad, ya sabría cómo tratarlos.




:::Post 278 CR 043/090504 - Bichos
:::foto: 090315-C0568 - Madera descompuesta
:::EXIF: Canon S3IS - f/3.5 - 1/807 seg - 106* mm - 0.00 eV - Sin trípode - Sin flash
:::enlace: La Mirada Ausente - Óxido emergente