
- Ella: ¿Que haces?
- Él: Estoy escribiendo
- Ella: ¿Y sobre qué escribes?
- Él: Sobre Fulgencio Máximo
- Ella: Perdona mi ignorancia... ¿Quién es?
- Ella: … ¿Quién es?
- Él: Un amigo mío. Un personaje famoso de la vida real
Vaya por delante eso que suele ir detrás. Por ejemplo: Ésta es una historia verdadera. Real, así que, todo parecido con la ficción es pura coincidencia. Hasta los nombres de los personajes son reales. Cualquier investigador, con un poco de paciencia, podría localizarlos, a todos, en una pequeña ciudad de nuestro país. No doy más pistas.
Dicho esto, ya puedo seguir tranquilo.
Yo era, y soy, íntimo amigo de Fulgencio. Y lo seremos. Casi nos criamos juntos. Nos separaban unos meses de edad. Vivíamos en la misma calle, de la misma ciudad. Tengo que hacer esta precisión porque los nombres de las calles se repiten en muchas ciudades.
Juntos íbamos a todos los sitios y, casi siempre, juntos regresábamos. Más tarde, si tengo ganas, contaré algo más concreto de nuestra niñez conjunta.
Hoy, quiero escribir acerca de la historia de este hombre singular. Ahora, que es mayor, se ha convertido en eso, en singular, y se encuentra inmerso en un trágico drama. Para hacerlo, tendré que entrar en los antecedentes familiares.
Conocí a su padre, Crescencio Afranio Hinojosa del Temple Carballeda, y a su madre, Regina Virginia Montanchez y Cervalizas.
Crescencio vivía obsesionado con tener un hijo, me contaron, y mucho más obsesionado desde el hecho de que Regina ponía todos los obstáculos posibles a la consumación del matrimonio. De estas cuestiones, me enteré más tarde, cuando dejé de ser niño. Nadie le contaba a un niño esas cosas sucedidas años antes de su nacimiento. Tampoco llegué a saber cómo, por fin, se había consumado aquel matrimonio. Bueno, no me refiero al acto en sí, que sí sé cómo se hace, sino a la decisión y/o consentimiento de Regina a ser violada por su propio marido. Creo que ella lo veía así.
El plan de Crescencio era, por demás, bastante común en el planteamiento. Quería tener un hijo, no hija, que brillase como un diamante dentro de una montaña de carbón. Para él, el mundo era una mierda (poéticamente le llamaba carbón) y su hijo brillaría, brillaría, brillaría…
Los preparativos de la concepción fueron extraordinarios. Alquiló, durante una semana, una suite en un conocido gran hotel. De acuerdo con la dirección del mismo, llenó la habitación, de valiosas reproducciones de grandes pintores de la historia de la humanidad. Incluso, se llevó a la suite un cuadro original, muy apreciado, que tenía en su despacho. No se conformó con eso. Dispuso, durante esa semana, de originales centros florales donde, suponía, se concentraba toda la belleza. Completó la escenografía, con un surtido de onerosos frascos de esencias y fragancias que serían la envidia de Jean-Baptiste Grenouille.
Hay muchos más detalles, no nimios, que completaban el llamado marco de referencia. Durante todo el tiempo en el que habitaban la suite, que era todo el tiempo, sonaba la mejor música que se pudiera imaginar. Desde los más exquisitos clásicos, hasta la música más actual de aquellos momentos. Por cierto… la cama estaba elevada sobre un espléndido surtido de las mejores obras de la literatura universal, abiertas, todas ellas, en una página con un pasaje de especial significación, o una cita digna de pasar al libro de las 1001 mejores citas de la historia.
Regina de tal y cual estaba, todo el tiempo, inmersa en aquel sobrecogedor ambiente. No agobiada, ya que era una mujer que se adaptaba rápidamente al entorno. Todo el tiempo. … alimentándose de los más preciados manjares, hechos traer de todas las partes del planeta. Crescencio era así. Todo para su reina. Regina.
Por las noches, y en el momento de cada acto, violación según Regina, sonaba El Anillo de los Nibelungos, de Wagner. No porque Crescencio tuviera ideas filonazis, que no las tenía, más bien porque le entusiasmaba verse cabalgando a Regina en un acto de amor sublime del que habría de surgir el fruto de su pene. Lo siento. Crescencio era así. Regina solamente era un instrumento para la creación de un ser superior, el futuro Fulgencio Máximo. Mi amigo Fulge.
Bueno. No en vano Crescencio, se había pasado media vida buscando su media naranja, que tendría que ser más que la mitad dado que, como he dicho, aspiraba a la perfección. Y así fue Regina seleccionada no sólo por su nombre, perfecto, sino también por su bien formado cuerpo, con las medidas anatómicas por él consideradas áureas, no muy cerca de las mujeres de Rubens, pero tampoco de las escuálidas de la posguerra. Y tengo que mencionar el exhaustivo y riguroso examen médico, mental y corporal al que fue sometida… pero no entraré en detalles.
Catorce. Catorce actos consumó Crescencio, con el consentimiento de Regina. Dos diarios. Por la mañana, después de un copioso desayuno, en la cama, para coger fuerzas, y por la noche, tras el rezo del rosario, por parte de Regina, mientras Crescencio preparaba la música.
El rezo del rosario tenía una parte interesante. Eran las letanías. Cuando Regina llegaba a la serie de regina angelorun, regina patriarcarum, regina profetarum… a Crescencio se le erizaban los vellos de emoción. No así a Regina, que en el momento de recitar regina virginum se le erizaban los vellos también, al tiempo, que se le caían gruesas lágrimas, pensando en que nunca más podría ser reina de las vírgenes.
Un día, es decir, una semana más tarde, ambos salieron de la suite. El director del hotel les despidió atentamente y les deseó suerte. Mientras Regina agachaba la cabeza semi avergonzada, Crescencio, cortés pero tajantemente, le dijo que no la iban a necesitar, que todo estaba ya consumado, que el resultado era el deseado. De algún modo, el director participaba en aquel evento y solicitó ser el padrino del niño porque, rotundamente, Crescencio dijo que sería niño y que había sido concebido el jueves a las 10:37. Nunca desveló a nadie de dónde provenía su certeza, pero el caso es que, a los 270 días justos, vino Fulge.
¡Ah! El director del hotel, consiguió ser el padrino.
Es necesaria tanta explicación dado que, debe saberse, Crescencio buscaba la excelencia. Así pues, debo continuar con los nueve meses siguientes. Y fueron un poco más de lo mismo, sin el acto, pero en casa. Sin el acto, porque a Crescencio no le interesaba ya… el sexo puro, lo tenía fuera de casa. En cuanto a Regina, rota su virginidad, quería mantenerse como el sagrado cáliz de la nueva raza.
Fueron meses sistemáticos. Mucha música directa sobre el vientre de Regina. Crescencio se había hecho fabricar unos auriculares tamaño grande, para ajustar al vientre de Regina. Por otra parte, también se había hecho fabricar, un extraño alambique, desde el que emanaban esencias que superaban las del citado Jean Bautiste Grenoullie.
También, había contratado a un grupo de lectores, masculinos y femeninos, de distintas edades, con armoniosas voces, para leer sobre el vientre esas obras selectas anteriormente citadas. En cuanto a la obra plástica, proyectaba imágenes con un antiguo proyector Hunter, de forma directa, sobre el ombligo de Regina, con la esperanza de que llegaran al interior. No citaré otras pequeñas invenciones realizadas con el objeto de que, por la vía de los sentidos, llegase a Fulge toda la belleza y riqueza acumulada por la humanidad, desde que el hombre abandonó Atapuerca.
Y así nació Fulgencio Máximo. Su escogido nombre ya indicaba las ansias de Crescencio, las ansias de que Fulge llegara a brillar como una estrella, más aún, más que las estrellas. No entraré a relatar los muchos nombres que rondaron la cabeza de Crescencio, con el fin de dejar una impronta en su hijo. Se quedó con Fulgencio, el que brilla decía él y Máximo, por las obvias razones que el mismo nombre indica.
Dicen que fue un niño perfecto. Yo no lo diría, ya que nació con seis dedos. Tenía los pulgares duplicados en manos y pies. Ligeramente duplicados, unidos por una pequeña juntura que, después, ya en el colegio, le facilitaba el encaje del lápiz su doble pulgar y hacer una buena pinza con el índice. Reconozco que fue una ventaja y Crescencio así lo veía. El pobre nunca pudo imaginar que algún día llegarían los ordenadores y la Play-Station para lo que esos dobles pulgares no suponía ventaja alguna.
Ya de niño, como yo, seguía siendo perfecto. Él, no yo. Era más alto y más guapo que yo. Me consuela que, en aquellos tiempos, no existían las niñas, realmente no sé dónde las escondían, por lo que nunca supuso un problema de envidias o competencias. Pero era… Era más todo que yo… excepto en sus dobles pulgares.
Crescencio estaba orgulloso. Regina, a su modo, también. Ninguno de los dos adivinaba todavía el gran drama de Fulge. Ni yo, tampoco.
Perfecto. En los estudios. El primero. Yo, detrás, aprobando siempre, pero dejando alguna. Él, dejando atrás un notable o dos a lo sumo. Lo demás… sobresalientes.
Nos separamos por un tiempo. Nuestras vidas se hicieron divergentes, como las vías de un tren, paralelas, pero realmente tirando a divergentes, ya que en las estaciones unas van a Orense y otras a Castellón. Es un decir. Así que, por lo menos, no convergentes.
Nos reencontramos años más tarde. De forma tonta, casual, estúpida. Los dos pasábamos por el mismo sitio, al mismo tiempo, hora exacta. Nuestra amistad se reanudó en el mismo punto en el que la habíamos dejado. Fue entonces, cuando me contó su drama, que arrastraba en silencio, con ocultación, desde que tenía uso de razón.
No era feliz. Había hecho cuatro carreras serias. Filosofía y Letras, Económicas, Antropología social y Psicosociobiología del ADN. La otra carrera, una quinta carrera… el Maratón de Nueva York. 42 y pico kilómetros quedando entre los 99 primeros.
Se había casado con una guapa mujer, sana e inteligente, que conoció en Económicas, con la que tenía dos preciosas niñas y un bien parecido niño. Todos con un futuro prometedor. Su guapa mujer lo tenía todo. No necesitaba engañarla.
Me contó un sinfín de detalles acerca de lo acontecido durante los años de nuestra separación. Se podría resumir en una vida ordenada y feliz pero...
Abrió su cartera y, al lado del carné de identidad y las tarjetas de crédito, tenía un sinnúmero de tarjetas de color marrón, tirando a ocre. Me dio una. Decía:
Fulgencio Máximo Hinojosa del Temple y Montanchez,
Su cargo (que aquí no digo)
Caga el Rey, caga el Papa, pero de cagar, nadie se escapa.
Y por supuesto, la dirección, email, teléfonos etc. que aquí no habré de desvelar por razones obvias.
Me quedé anonadado. Impactado. Speechlees. Obnubilando. No me lo podía creer. Puestos a epatar con tarjetas, yo tenía unas que decían, “por favor, no me pida la tarjeta”. Era a lo más que había llegado. Y pensé que me estaba tomando el pelo.
Nada de eso. Era el reflejo fiel de su gran drama. Pude comprobar, mucho más tarde, que en su despacho –era un alto funcionario público- tenía sobre la mesa, un marco con esa misma expresión. Caga el Rey, caga el Papa, pero de cagar, nadie se escapa. Y en su casa, en todas las habitaciones, discretos marcos con la consabida sentencia.
Me contó que muchas veces había pensado en suicidarse. Pero era un cobarde y lo asumía. Él nunca lo haría solo. Reclamaba una eutanasia activa asistida por la Seguridad Social. Gráficamente, decía que quería que le pegasen un tiro de mierda.
Yo lo animaba y le recordaba aquellos tiempos en los que andábamos dos kilómetros para ir a la playa. Él, con su elegante toalla de rayas verticales de variados colores. Yo con cámara de un coche que, al pasar por una gasolinera cercana a la playa, nos inflaba Manolo. Y cómo, más tarde, todavía sin llegar a la playa, entrábamos en el Mercado y le comprábamos a Matilde dos gigantes y maduros membrillos. Era una casualidad el gran parecido de los mismos con sus pechos. Cómo, ya en la playa, éramos la envidia de la gente por, primero, la gran cámara, con siete parches, a punto de reventar. Segundo, por nuestros relucientes membrillos, que tirábamos al agua para ir a buscarlos nadando. Ummm. ¡qué ricos! al mordisquearlos! Dulces con sabor salado. Y tercero… por el clavo. Ese gran clavo, de casi 20 cm., con el que jugábamos a dejarlo caer desde distintas partes del cuerpo... Iba ascendiendo por las distintas partes del mismo hasta llegar arriba, a la boca, a la punta de la nariz, a las cejas y, finalmente, a la cabeza. Si siempre caía clavado en la dorada arena de la playa, ganabas. Admitíamos un ángulo de inclinación de tres dedos desde su extremo a la arena. Éramos exigentes.
Nada. Nada lo consolaba. Era feliz a su modo. O sea… no era feliz.
Lo había intentado todo. Había visitado a todos los mejores expertos. Ningún médico encontraba una solución. Habló con la NASA. Como especialista en Psicosociobiología del ADN, tenía sus contactos. Ellos, la NASA, habían encontrado medios para reducir el problema en sus astronautas, pero eran soluciones parciales y, sobre todo, temporales. Lo que duraba una misión.
Por su cuenta, había estado investigando con unos amigos preocupados por su problema, sobre cambios en la estructura molecular de su organismo, a fin de encontrar otras vías anti-VRSH. Nada. Desaliento. Mucho desaliento. El estado actual de la ciencia se mostraba impotente.
Y Fulge... Oh, pobre Fulge, viviendo continuamente entre dos depresiones, que cada vez se acercaban más entre ellas. Pobre... ¡Pobre amigo mío!
Y es que, Crescencio Afranio Hinojosa del Temple y Carballeda había olvidado, en aquella gran suite del aquel gran hotel, había, había olvidado algún tipo de actuación, sobre su futuro retoño, encaminada a asumir las pequeñas imperfecciones de esta vida. Y desde luego, cagar, hacer de vientre, hacer caca, obrar, emporcar, ciscar, ensuciar, hacer de cuerpo, deponer, descargar, evacuar, excretar, jiñar, poner un huevo, hacer de lo suyo, defecar... es una pequeña imperfección, en nuestras imperfectas vidas. Claro. En Fulgencio Máximo, esa imperfección no era un mínimo (ni el mínimo común divisor)
Bueno. Adiós. Me voy a cagar
Post Scriptum:
- Fulge todavía vive. No ha conseguido que lo suiciden en la Seguridad Social. Es feliz dentro de lo que cabe. Y ya sabemos. Cabe poco.
- Adelaida, su guapa mujer, de la que no dije su nombre antes, se ríe todo el día. Le hace gracia lo que le pasa a su marido. Y continúa riéndose.
- Angélica, Melania y Adolfo, sus tres hijos, pasan del drama de su padre. ¡Cosas de la edad!
- Regina Virginia mantiene su cáliz puro. Nunca más lo ha vuelto a usar.
- Crescencio Afranio, entre nubes de Alzheimer, cuando tiene un rato de lucidez, maquina sobre los errores cometidos durante la concepción. Ya tiene elaborado un plan extraordinario para la concepción de su segundo hijo. También quiere que sea hijo.
- La CC, Comunidad Científica, continúa investigando. Ha nombrado una Comisión de Expertos. Deducimos que no tiene futuro.
- Y... siete mil millones, yendo cada día, con más menos esfuerzo, el que tiene suerte.
- Y... yo... esta mañana... ¡Pues he tenido suerte!
- * ¡Ah! VRSH, igual se me había olvidado aclararlo, Vertido de Residuos Sólidos Humanos
Este relato, ahora recuperado, fue publicado en OVNM - Outra Vaca No Milho,
el 14 de Setiembre de 2007
Fue el post número 009, uno de los primeros
*
Fulgencio, por su natural timidez,
ha rechazado
taxativamente
posar para una fotografía
Sólo puedo publicar la que véis
que
obviamente
¡es un robado!
:::Post 348 - CR 071/100216 - Fulgencio Máximo
:::foto: 080423-5817-Fulgencio Máximo
:::Canon S3IS f/3.5 1/60 seg 6 mm*
