22.6.10

379 - Dos bancos y un tamarindo (R)



Dos bancos, un tamarindo, dos bancos un tamarindo, dos bancos un tamarindo... Mañana fresca del, recién caído del calendario, otoño.


Suelo mojado. Dos bancos, un tamarindo. En el paso de peatones espera una mujer, joven, en una postura comprometida deseando ver al mismo tiempo el permisivo verde semáforo y el azul acerado de la mañana en la bahía a sus espaldas. Sin charcos. Dos bancos un tamarindo dos bancos, interrumpidos ocasionalmente por una papelera parisina.

Un señor maduro, arrastra su cuerpo en un penoso esfuerzo por aparentar que corre. El mp3, o mp4 posible, le proporciona un aire distraído. Me gustaría, dos bancos un tamarindo dos bancos un tamarindo, saber que es lo que está escuchando. Yo, algo de Steve Reich, minimalismo repetitivo, dos bancos un tamarindo, minimalismo repetitivo. Sí, siempre parece lo mismo, pero no. Me gusta Steve dos bancos un tamarindo Reich.

La bahía plácida deja ver al sur una locomotora Stevenson de 1868 (por ejemplo), huyendo sobre el verde intenso urgentemente hacia el oeste, personificada en la figura de una industria que emite grandes nubes de algodón azucarado, con vaya a saber qué cosas, empujadas por el viento de la lluvia hacia donde tendría que salir el sol cada día. Gruesas y negras nubes lo tapan ahora. Dos bancos, un tamarindo, alineados al tresbolillo forman un bosque de árboles que son y árboles que han sido.

Uno de los raqueros mira pensativo.

El bus 10, ¿o era el 14?, pasa con sus cristales empañados por los pensamientos de gentes que todavía no se han enterado de la razón de estar allí... tan apretados. Dos bancos un tamarindo... aparca un coche, sale una persona, ¿qué más da el asl? hablando por su móvil, dos bancos un tamarindo, de penúltima generación, diciendo algo inintiligible, no por el volumen, sino por la estulticia fuera de toda sospecha.

Miro al suelo. Sé que pronto habrá de secarse. Va apareciendo más gente. Ya recuerdo, asl, sí, age, sex, locate. Dos bancos un tamarindo dos bancos un tamarindo.

Una joven ucraniana, ¿es importante?, no se lo pregunté, arrastra una pesada maleta color fucsia con incrustaciones plateadas. Deduzco que viene andando desde la cercana, ¿cercana con esa maleta? estación. Dos árboles un tamarindo. Se están acabando los tamarindos ¿a dónde irá?. Chaqueta corta de piel, minifalda blanca, medias negras, zapatos de medio tacón, ¿qué llevaba debajo de la chaqueta?

Se acabaron los tamarindos. Se acabaron los bancos. En el Palacete hay una exposición titulada Vísteme. No es la hora todavía. Me quedo con el deseo de vestir a alguien.

Estúpidamente, el riego automático está funcionando, el riego automático está funcionando, mientras pasa un hombre de mediana edad, katiuscas, impermeable, gorro, cesto de mimbre, caña de pescar... ya supongo lo que va hacer, tiene el muelle a cuatro metros, el riego automático está funcionando.

¿Sé lo que voy a hacer yo? Tres coches hacia el este, cinco hacia el oeste, cuatro hacia el este, uno hacia el oeste, siete hacia el este, doce hacia el oeste ¿doce u once?. Sospecho que estoy que estoy perdiendo la concentración.

Creo que debo desandar el camino.

Tal vez empecé mal. Creo que era un tamarindo dos bancos un tamarindo dos bancos un tamarindo...

Enfrente, y lo dejo para otro día, por la acera, debe ser algo como quince plátanos un banco, doce plátanos un banco y etc. Bueno, más plátanos que bancos, se nota a simple vista. Estoy cansado. Los plátanos comienzan a amarillear. Los plátanos comienzan.

La próxima vez llevaré un papel y algo para marcar y algo para marcar.






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Dos bancos y un tamarindo · CR084/100622
2007-C2706-Dos bancos y un tamarindo en la Bahía de Santander - sin datos exif
2007-C0154-Nubes B&W en la bahía · 1/2000 - f/8 · 6mm* · -0.67eV
Canon PowerShot S3IS

publiqué este post, ahora recuperado, en OVNM el 3 de octubre de 2007

tuve que esperar a un día de niebla para hacer la primera foto
era imprescindible la niebla como metáfora de la confusión del personaje del relato


18.6.10

378b - Invitación



invitación



click en la foto

7.6.10

375 - Sr. Juez





Caminaba apresurado. Calle abajo. La persistente llovizna había dejado los suficientes charcos en la adoquinada calzada. Los coches levantaban sucias nubes de agua.

Su vida, la vida de Juan Rodríguez, era bastante vulgar. Ya lo había sido antes, durante su niñez, y también en su adolescencia. Apenas nadie había reparado en su existencia. Ni alto ni bajo, de complexión robusta y rostro afable, tenía ahora unas cuantas canas, que se dejaban caer huyendo de una prematura calvicie. Sus gruesas gafas de concha alojaban gruesos cristales, degradables, de esos que dan respuesta firme al sol cuando éste pretende brillar más que los ojos a los que protegen. Diríase de él, de Juan, que escondía su mirada mientras miraba. Él lo sabía. Sabía que era un mirón… casi profesional.

Apretaba el paso del mismo modo que apretaba los papeles que llevaba bajo el brazo izquierdo. En el derecho, el puño portaba un desvencijado paraguas negro con una fina línea gris en el borde. La empuñadura estaba tan agrietada como el contenido de los papeles que se alojaban en pardas carpetas roídas por los bordes.

Soltero, por voluntad propia, algo misógino, o algo más que algo, vivía en un minúsculo apartamento abuhardillado, al que no llegaba el ascensor, en una casa de calidad, en esa ciudad, la más poblada del país, donde el cielo bajaba cada día para ser admirado por gentes que no conocían el azul.

Su trabajo era bastante anodino pero, en su fuero interno, sabía que era el mejor trabajo del mundo. Subalterno en unas grandes dependencias municipales, disponía de todos los recursos del organismo. Gozaba de suficientes tiempos muertos para desarrollar sus innatas dotes de observación.

Juan era un observador nato. Ya, desde niño, podía entretenerse observando los movimientos en un hormiguero, incansablemente, sacando propias e ingeniosas conclusiones, a las que nadie hacía el menor caso. Su madre disculpaba sus rarezas, que así veía ella sus aficiones, pero no dejaba de presumir de los logros de Juan, como por ejemplo, las conclusiones obtenidas, cuando apenas sabía leer y escribir, sobre la efímera vida de las efímeras.

Tenía prisa. No respetaba los pasos de peatones. Como si fuera daltónico, todo era para él del mismo color. Verde. Pase, le decían todos los semáforos, a capella. No creo que supiese el significado de daltónico. Tampoco importaba. Algunos coches despedían improperios de color marrón, que él no oía, o simplemente despreciaba.

En sus tiempos muertos, en su pequeño habitáculo de las dependencias municipales, leía incansablemente toda la prensa. Sus superiores acudían a él, de vez en cuando, preguntando por información sensible que pudiera afectarles. Los políticos, todos ellos, eran los que más madrugaban. Lo que la prensa dijera acerca de ellos podría condicionar su humor, siempre en el filo del esperpento.

Acabada la prensa, se entretenía merodeando por la red, a la que gustaba llamarla la cazaratones. Los aleatorios recorridos le llevaban por rincones insospechados. Sabía lo que pasaba, los youtubes más novedosos, las descargas más provechosas, las compras más convenientes…

Pasaban los árboles de la gran alameda, regalándole hojas de antiguos otoños. Pasaban marquesinas, carteles, letreros, puertas y portales. Pasaban ventanas con macetas, y sin ellas. Inexorablemente, él avanzaba hacia su destino. Pasaban cabinas huérfanas de voces. Él avanzaba.

Una de las actividades que más le había mantenido ocupado, en los tres últimos años, estaba relacionada con los suicidios. Como observador que era, había detectado que el número había aumentado significativamente. Había aumentado en un tramo de edad bastante concreto. En las listas de esquelas, de toda la prensa, podía oler si la muerte no había sido natural. Para él fue inevitable, en poco tiempo, y de forma compulsiva, tratar de conocer las razones. Todos los suicidados, en ese tramo de edad, un 98,99% eran hombres. Las pocas mujeres que rompían esa unanimidad eran, por lo general, personas con graves episodios depresivos.

Aquella mañana, aún cuando la llovizna no había dejado de ser persistente, Juan, imperturbable, visitó varios edificios y fue recibido por varios directores.

Con el paso del tiempo, y habiendo comenzando a investigar, lo que le supuso emplear sus tardes libres, de los martes y jueves, pues quería ser sistemático, fue estableciendo la relación entre los suicidados y sus circunstancias personales. Todos eran hombres de edad intermedia que, en un periodo de entre 12 y 36 meses, habían sufrido un divorcio. Más adelante pudo ya establecer que ese divorcio había sido traumático, independientemente de la causa que lo hubiera provocado. Era irrelevante que él o ella hubieran sido el detonante.

Las entrevistas con los directores de los más importantes periódicos habían sido concienzudamente planificadas. Juan estaba convencido de que los papeles que llevaba bajo el brazo izquierdo, con el puño del derecho seguía portando el desvencijado paraguas, habrían de tener gran interés.

De los suicidados, conoció a muchos familiares y amigos. Su constancia le permitió introducirse en sus respectivos ambientes y en sus vidas. Llegó incluso a conocer a sus ex parejas y a sus hijos.

Fue pues, relativamente fácil, conocer que todos aquellos desgraciados habían arruinado su vida. Sin entrar en detalles, no sólo habían perdido casi todo su dinero y propiedades sino que, además, habían perdido a sus hijos. Todos, en ese periodo de tiempo, de 12 a 36 meses, malvivían con un escaso sueldo, en soledad, sin sus seres queridos y sin sus amigos, que hasta eso habían perdido.

En aquellos despachos, llenos de cristales, luz y tecnología, Juan desgranaba sus argumentos, al tiempo que iba mostrando dosieres a directores y Jefes de Redacción.

No recuerda el momento exacto en el que estableció el nexo de lo que habría de devenir en escándalo. Había tenido acceso, al principio, a varias sentencias de los casos de divorcio o separación. Tenían en común, el duro trato dado a todos aquellos hombres. Cuando, en poco tiempo, obtuvo la totalidad de las sentencias, sólo pudo confirmar que, en todas ellas, se producía un especial ensañamiento.

Hubo unanimidad en las Salas de Redacción. El rigor de la investigación de Juan Rodríguez y, sobre todo, sus conclusiones, merecían ser publicadas. Publicadas en primera página.

Bajo la persistente llovizna, seguía siendo persistente, Juan se encaminó a su casa, con sus papeles bajo el brazo izquierdo, con su desvencijado paraguas portado por el puño del derecho. Una amplia sonrisa invadía su cara. Tenía la mente puesta en su madre, que desde algún lugar indefinido podría saber que su Juan había hecho el trabajo más importante de su vida.

Al día siguiente, los más importantes periódicos publicaban, en su primera página, a doble columna, el caso del alarmante número de suicidios que se habían producido en determinadas circunstancias, circunstancias que ya conocemos. Todos los periódicos señalaban, con especial énfasis, que todos los suicidados tenían en común que sus sentencias de divorcio habían sido emitidas por el mismo juez.

Juan, ese día, compró todos los periódicos. Quería guardarlos. Su nombre aparecía varias veces. Indudablemente, su mérito era reconocido. Tanto, que en distintas tertulias radiofónicas ya se estaba hablando del caso. Se citaba su nombre y, como no podría ser de otra forma, el nombre del juez.

Cuatro días más tarde, cuando todavía la noticia estaba viva, saltó a todos los medios de comunicación algo que habría de eclipsarla y, más tarde, relanzarla a las primeras páginas de nuevo. El juez que había firmado aquellos autos de divorcio, se había suicidado. Ese mismo día, otro juez tenía, en su despacho, sobre su mesa de roble macizo, una carta dirigida a… Sr. Juez.

Juan respiró aliviado, aunque nunca había pretendido hacer justicia.



375
Sr. Juez · CR083/100607
foto 100529-A3594-Atapuerca-Soga
Canon 50D/18-200 · 1/25seg · f/5.6 · 120mm* · ISO 1600