24/2/11

441 - La vía



tiene la cabeza en la vía
escucha con atención
le puede el ansia
el deseo…


de que llegue

ajeno, cabalga el tren
del hierro pavonado
que acostumbrado
conoce que sólo será un instante

un instante

la cabeza en los raíles
esperando
el instante

nada, no se acerca… todavía
mira al cielo… no hay estrellas
solamente unas nubes cenicientas
de una mañana madrugadora

vendrá

ahora, un gran latido
salta el corazón
¡ya llega!
¡no!, mejor, ¡ya se oye!

un gran rumor procedente del frío norte
búfalos de acero
rumor con hielo

levanta la cabeza
no ve nada

¡no!, no le engaña el oído
su pulso se acelera
la sangre pugna por escapar
de sus constreñidas venas

atravesadas por raíles
tras la curva, la espesa humareda blanca
la máquina de vapor
que escupe al cielo su aburrimiento

será otro más
se dice la máquina
sin oírse, por su rugiente bramido

ya lo ve
el tren
ya está ahí
¡ahí!
cerca

comienza la liturgia
apresuradamente
cuidadosamente
la coloca sobre el raíl
y
espera

el estruendo atruena
solo unos segundos
lo que es la vida

todas las pesadas ruedas
acero impasible
pasan sobre ella

fin
se acabó

el niño se acerca a la vía
el corazón en un puño
su puño
la recoge

su moneda
que ahora no es más que una fina lámina
que no recuerda su valor
sí acaso lo tuvo

ni su existencia
si la tuvo

se agacha
el niño
recoge una piedra del balasto
fruto calizo de las entrañas de los océanos

la cierra en el puño
bien apretada
como sus dientes
que oye bruzar como hierro contra hierro

pone la cabeza en la vía
escucha y espera

un nuevo tren… la hará polvo
mientras escupe al cielo su aburrimiento
de vapores arrancados al fuego

…/…

pasa el tiempo
mucho

regresa el niño... a la vía

uno a uno va colocando
en los raíles
sus pesares

y espera
espera



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La vía · CR114/110224 ©
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Reposición de La Vía - Sólo Para Ti 055


17/2/11

439 - Peregrino





Del diario nunca escrito
Camino de Santiago 
2009: Triacastela – Santiago - Finisterre
Etapa: Sarria – Portomarín  - 29-05-2009



Una mesa. Inestable. Sobre ella, un chisquero de yesca, con su rabo amarillento enrollado sin orden alguno, un paquete de tabaco y un librillo de hojas para liarlo.

Una botella de cerveza, perlada por una mañana en la que apuntan los primeros calores de los últimos días de mayo, mira hacia esos objetos y ve en ellos la explicación a esa barba teñida por un rabioso amarillo de mil pitillos. La barba de él. Él que es de un pequeño pueblo cercano a Grenoble.

Responde amablemente a mi insinuación de sentarme a su lado. Estamos solos, en ese momento. Atrás he dejado a la holandesa con las dos belgas, sabiendo que hemos de encontrarnos sobre el mediodía.

Son las 10:21 cuando me siento. Hace 35 minutos que he pasado por el mítico kilómetro 100. Cien, donde las pintadas y el narcisismo han dejado una sucia huella efímera. Es el deseo de ser inmortales bajo brétemas y orballos, entre el olor a castaños…

Su cara, de imborrable recuerdo, surcada por el tiempo, me lleva al recuerdo de ella y su sombrero. Ella, con el candor y la inocencia reflejada por el sol de otra mañana, la del día anterior.

Me cuenta que viene desde Grenoble, acompañado por su enorme perro negro, de ojos azules y raza incierta, que pacíficamente está a sus pies, sujeto con una gruesa cadena a una ligera silla de plástico, con trazos de publicidad borrada por incontables inviernos.

No somos, los de ahora, peregrinos como los de antes, dice. Me doy por aludido. Él nunca ha dormido bajo techo. Su ropa lo atestigua. Hoy ha pasado la noche bajo el paraguas protector de un inmenso carballo, de esos que Galicia regala para dar abrazos.

Toda la conversación transcurre en un balbuceante francés y yo… ¡lo entiendo!. No me lo explico. Yo no sé nada de francés. Tal vez sus balbuceos y su gesticulación son suficientes. Me estoy enterando de partes importantes de su vida, de esa hija a la que no ve desde hace muchos años y que, posiblemente, vive en Paris. De que su mujer no tiene relación con él, pese a vivir en el mismo lugar. No sé. Tal vez me lo esté imaginando. Recuerdo que no sé francés.

Dos ciclistas irrumpen en la terraza. Terraza, superficie casi plana de irregular cemento esparcido delante de una vieja tienda de pueblo convertida en medio bar donde expender bebidas a los caminantes… y poco más. Tienen buenas bicicletas pero están demasiado limpias. Preguntan e informo. Había hecho el camino, hace ya mucho, en bici de montaña por las antiguas veredas. Parecen tomar en cuenta lo que les digo. Repliegan sus mapas y se marchan no sin antes haber tomado dos barritas energéticas.

El de Grenoble sigue farfullando. No sabe, o no recuerda, cuando empezó el camino. Su única hija vive en algún lugar de Francia. No sabe donde. Hace mucho que perdió el contacto con ella. París. Creo que ya lo he escrito.

Se me acaba el tiempo, ese tiempo que no miden los relojes. Debo salir ya. Apuro el resto de mi ambarina cerveza, una 1906 de Estrella de Galicia, amarga y refrescante y de postgusto dulce de cereales y regaliz.

Me levanto. Mi interlocutor ha aceptado mi invitación. Con toda la naturalidad de sus mil pisadas. No se mueve. La despedida es sólo un amable gesto. Es poco probable que nos volvamos a encontrar. Está en otro tiempo y en otro espacio.

A las doce y media estaré entrando en Portomarín, donde las piedras numeradas de la iglesia de San Juan o San Nicolás, que ese doble nombre tiene, saben de aguas que anegan ricos valles. Los que están a sus pies.

Y mañana saldrá el sol de nuevo. Andaré con las tres genovesas, que me invitarán a desayunar, las cuatro coreanas, compendio de higiene y medidas preventivas durante el camino, el filipinoamericano, editor en una de las más prestigiosas editoriales de arte en NY, el jefe de un equipo de bomberos en las Torres Gemelas, que sobrelleva malamente el hecho de que los ocho miembros del mismo se hayan quedado allí.

Supongo, que en esto consiste el camino.


De este diario nunca escrito escribo ahora un retazo mientras miro una carpeta de fotografías



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Peregrino · CR113/110217 ©
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no sé si es un robado... creo que él se dejó


10/2/11

437 - El Hombre que viajó - II


Los antecedentes de esta historia están aquí: Primera parte


SEGUNDA PARTE


Poco tiempo tuvo Marta para preocuparse. No supo explicar si su aturdimiento le impidió tener conciencia del mismo o, simplemente, el tiempo no existió. En un pestañeo comprobó que en aquella nubecilla tornasolada estaba Ramiro... de nuevo. Su Ramiro. El mismo Ramiro de siempre, aunque no tardó mucho en descubrir que Ramiro ya no era el mismo.


Era la hora de comer. Él estaba en su taller y ella le echó en falta. No estaba en la cocina, como siempre a esas horas, ayudando a poner la mesa, de Formica© y con dos sillas del mismo material y patas niqueladas ligeramente oxidadas cerca de sus pies. La vajilla de Duralex© le esperaba en un rincón del aparador y se preguntaba por aquellas manos que habrían de trasladarla de lugar. Las dos servilletas, a cuadros, una rosa y otra azul, se preguntaban por esas manos. La panera, de mimbre, con su paño de encaje y su pan de trigo con centeno... se preguntaban por sus manos, esas manos que siempre se habían ocupado de esos menesteres.


Las manos de Ramiro, no estaban. Marta se acercó al taller, a llamarlo. Ramiro le dijo que se había olvidado de ir, que de todos modos, no tenía hambre.


Nada pudo la insistencia de Marta. Ramiro no quiso comer, solamente bebió un vaso de agua, de aquella que los sábados iban a buscar a la fuente de la Regocija.


Pasaron los días, repitiéndose la misma escena. Marta estaba desesperada y Ramiro... ya no podía acercarse al taller, a TTX33. Su estado de postración era absoluto. Días y días sin alimento, con sólo agua... Y sabía, sabían todos ya que la noticia había transcendido, que se estaba muriendo.


Marta, la familia, amigos y allegados, estaban comenzando a considerar que las explicaciones dadas por Ramiro eran... ¿razonables?. Razonables o no, comenzaban a pensar que eran creíbles. Tenían que ser creíbles. Ramiro siempre había sido un hombre sensato, sensible. En esa situación, consideraron lógico su rechazo de ayuda psicológica. Por supuesto, también la ayuda del párroco, que se había interesado por él aún cuando Ramiro jamás había aparecido por la parroquia.


La noticia de su abstinencia, que no huelga de hambre, transcendió lo suficiente provocando un pequeño escándalo mediático. Si bien la gente sencilla ya le daba crédito, el mundo científico y los medios negaban, absolutamente, las explicaciones proporcionadas por Ramiro, tanto en lo referido a TTX33 y el papel que había desempeñado en esta historia, como en lo relativo a la extraordinaria experiencia vivida. Fue tildado de oportunista en busca de notoriedad y dinero.


Ramiro, ajeno a lo que pasaba en el mundo exterior, mandó llamar a un notario. Sabía que su muerte era ya un hecho. Podría producirse de un momento a otro.


El notario, Don José, el mismo que había hecho las escrituras de su modesta vivienda, accedió, dadas las extremas circunstancias, a personarse en su casa. Lo hizo acompañado por su taquimecanógrafa, Paky, para levantar acta de lo que Ramiro quisiera manifestarle. Paky, con su máquina de estenotipia y una grabadora digital, por seguridad, fue complaciente con Don José y se personó vestida con un traje gris, de calle, muy lejano a sus coloridas ropas multicolores habituales. La situación parecía exigir una cierta seriedad, según don José.


En voz baja, queda, manifestó Ramiro que todo lo que tenía era de y para Marta, como siempre había sido durante su venturoso matrimonio. Dejó una pequeña cantidad, simbólica, a una conocida ONG. A continuación, a modo de esquema, enunció los puntos que le habían llevado a la situación en la que ahora se encontraba. Aquí hizo especial énfasis en que, aún muy apenado por el sufrimiento de Marta, a la que adoraba, no tenía otra salida posible.


Así pues manifestó que siempre, su trabajo en el taller no había tenido más sentido que el de crear artificios bellos, sin proponerles finalidad o utilidad alguna.


Que TTX33 fue la excepción. Que la acumulación semicaótica de materiales había dado lugar a algo indefinible. Que TTX33 era algo más que una máquina, artificio o artilugio, que era mucho más que una máquina del tiempo. Que tenía el convencimiento de que, en su experiencia, TTX33 había tenido un papel crucial al escoger una fecha determinada, dentro del futuro, que estaba absolutamente convencido de que la elección de esa fecha no había sido accidental. Que TTX33 bien sabía lo que hacía.


Asimismo, manifestó que Marta estuvo acertada en sus apreciaciones, que su viaje no duró más de unos milisegundos. Explico que ese mínimo tiempo, dentro del futuro, se expandió en un equivalente a 27 años.


Con esfuerzo ya, debido a su debilidad, desgranó muchas características de ese tiempo por él pasado en el futuro. Afirmó que siempre estuvo en el mismo lugar que en el que ahora estaba, pero con un marco muy diferente. Cuando llegó a este punto, la emoción hizo que Ramiro dejara correr, placidamente, algunas lágrimas por sus pálidas mejillas.

Recordó que el grado de evolución del hombre había alcanzado cotas inimaginables, que ahora mismo, recordando ese desarrollo ético e intelectual, se daba cuenta cabal de que estábamos más cerca de la Edad de Piedra que de un mero asomo a la civilidad plena.


Hasta este momento, todos los asistentes invitados al acto, Marta, unos pocos amigos e incluso, algún familiar allegado, mantuvieron el silencio y la serenidad apropiada.  Sus caras comenzaron a mutar en distintos gestos de asombro, cuando no estupor, cuando Ramiro continuó.


Manifestó que, además de con el hombre, había convivido con animales y plantas y que, precisamente esa convivencia, había modificado su concepción de la existencia. Explicó, muy detalladamente, que tanto animales como plantas eran seres dotados de lenguaje telepático, seres llenos de inteligencia, sensibilidad, sentimientos, emociones... al mismo nivel que el hombre. Que gracias a ellos había podido crecer intelectual y emocionalmente en un grado desconocido en la actualidad, llevándolo a convertirse en un neo-ser, un ser ajeno a cualquier clasificación posible.


Terminó su manifiesto dando por sentado que las razones de su decisión de no alimentarse eran suficientemente evidentes. Pidió, encarecidamente, que se le dejara morir en paz.


---
Nota del testigo de los hechos:
Marta, aceptando como lógicas y coherentes la explicaciones de Ramiro, se despidió de él con un beso, embargada por la emoción y admiración, sin apenas ya lágrimas,
prometiéndole adoptar su misma resolución, inmediatamente.
Ambos descansan, ahora, bajo el suelo herboso de un bosquecillo de plateados abedules cerca de la fuente de la Regocija.


Ramiro no lo dejó escrito pero me contó  que, en aquel futuro, ningún ser tenía necesidad de alimentarse.
Captaban su energía a través de un intercambio osmótico colectivo, en el que cada ser cedía o tomaba lo que necesitaba de la energía excedente global.



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El Hombre que viajó II  · CR112/110210 ©
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ya lo sé, es posible que haya alguien que no lo crea

7/2/11

435 - El Hombre que viajó - I



Ahora mismo, Ramiro se estaba muriendo. Lo sabía. Nos ofreció, reiteradamente, una explicación razonable. Al menos, eso creía firmemente… que era razonable, lo que estaba sucediendo.

Todos los amigos del grupo, del llamado grupo de Fulgencio Máximo, estábamos al corriente de las aficiones de Ramiro, aficiones que nos parecían totalmente inofensivas.

Marta, su compañera, se había pasado media vida diciéndole que se dejara de tonterías, de hacer cosas raras. Algunas veces nos comentaba que Ramiro tenía el síndrome de Diógenes… o algo similar, que ella no entendía muy bien eso del síndrome.

A nosotros, los del grupo, no nos lo parecía. Si bien era cierto que continuamente recogía cosas de la calle, incluso de basureros, también lo era que realizaba una recogida selectiva y consciente. Siempre tenía una explicación para cada objeto.

Ramiro vivía en un pequeño pueblo y tenía un taller. Era un cobertizo no muy grande, quizá de unos treinta metros cuadrados. Tenía, en el centro, varias mesas, de dispar altura, unidas entre sí. Apoyadas contra la pared, en el lateral izquierdo, visto desde la puerta de entrada, se encontraban tres mesas en línea. Sobre ellas, un ventanal con algunos cristales rotos pero remendados, o cosidos, con cinta aislante. El resto de las paredes estaban ocupadas por baldas hechas con distintas clases de madera, desde aglomerado hasta tablones de obra, todas ellas sobre bloques de hormigón o ladrillos. Todas esas baldas tenían algo en común, estaban totalmente ocupadas por distintas piezas y artilugios.

Herramientas perfectamente ordenadas. Cajas con cosas menudas, medianas y grandes. Motores de lavadoras y otros electrodomésticos, restos de cerebros de material informático, ristras de luces de navidad, tubos de aspiradoras desechadas, pulsadores de timbre de portal, pantallas de teléfonos móviles, latas de todas los formas y tamaños, botes de plástico de todos los tamaños y formas, cables de acero e hilos de cobre de distintos grosores. En fin… un pequeño desguace casero, en el que se podían distinguir varios artilugios.

Marta no estaba al corriente de que todos aquellos artilugios funcionaban. Todos tenían distintas funciones y utilidades.

Marta sí era consciente del hecho de que un artilugio, tal vez el último en el que Ramiro trabajaba, tenía un especial atractivo. Él le llamaba, cariñosamente, el TéTéEquisTresTres. Desde la cocina oía su suave ronroneo, de TTX33, que a veces, se confundía con el de Carlitos, su inteligente gato ocre atigrado que dormía entre los brazos de Snuzz, su pastor alemán… pero eso ya es otra historia.

Me resulta difícil describir el aspecto de TTX33. Demasiadas piezas y cables que interconectaban todas y cada una de sus partes. Trato de hacer memoria, entrebuscando en las más conocidas películas de ciencia ficción… y nada, no encuentro nada parecido. Comenzaba, desde el suelo, con una báscula de baño modificada, a modo de un par de pies. Muchos leds señalaban una hipotética huella de doble planta para los pies. Entre ellos, un display numérico de 5 cifras en color neón. Terminaba el artilugio en un tambor multiperforado de centrifugadora en cuyo interior se acolchaban varios grandes auriculares en las distintas direcciones del espacio interior. Entre cabeza y plantas, por emplear términos que podamos entender, un esqueleto de piezas de acero y plástico sostenía un enjambre de diminutos mecanismos, pulsadores, interruptores y luces de colores  que constituían lo que podría parecer un sistema neuronal, el complejo neuronal, del artilugio. TTX33, su nombre, el nombre de un sistema aparentemente vivo, a juzgar por los continuos destellos, ronroneos y chisporroteos.

Y toda esta somera descripción viene a cuento de lo sucedido. Todos, absolutamente todos, dimos crédito a lo contado por Marta, mujer cabal donde las hubiera, que siempre se había distinguido por su innato sentido común, por su inteligencia natural y su ecuanimidad al juzgar las cosas.

Ella cuenta que estaba recogiendo, en el taller, algunas de las muchas cosas esparcidas por el suelo, tarea que debía hacer frecuentemente para poder desenvolverse razonablemente en tan reducido espacio.

Ella cuenta que Ramiro estaba con TTX33, muy pegado a él, haciendo los continuos ajustes en los que ocupaba la mayor parte de su tiempo.

Ella cuenta que notó un notable aumento del chisporroteo y ronroneo. Llego a pensar que se estaba sosteniendo un tipo de conversación. Y cuenta que, tal vez, también había algo más de luminosidad. No sabe en que medida, pero cree recordar que el vello de sus brazos estaba electrizado.

Y cuenta que fue algo instantáneo. Un gran fogonazo de luz rosada, un chack seco, sonoro, como cuando cae un rayo muy cerca de ti. Eso lo afirma contundentemente dado que uno le cayó a unos seis metros y esa experiencia es imborrable. Recuerda cómo saltaron las rocas a su alrededor.

Ella, que miró rápida e instintivamente, vio… vio que no le vio. Ramiro no estaba. Su lugar estaba ocupado por una tenue nubecilla tornasolada que se disolvía entre acero y plástico.

Continuará, claro que continuará... dentro de tres días


Nota del testigo de los hechos: 
TTX33 debiera pronunciarse TiTiEqxZriZri. Ramiro decía que su TTX33 admiraba a ErTúDiTú y a SiiZríiPiOu, pero no hay constancia de eso.



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El Hombre que viajó I  · CR110/110207©
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continuará...