24.3.11

448 - Diálogos rotatorios





Uno - ¿Tienes alguna solución para este constante mareo? Me pongo malo.

Dos – De momento, deja de tomar esa porquería que te metes y ¡convéncete!, son ellos los que dan vueltas alrededor de nosotros.


Uno  -  Me fastidia estar rodeado de objetos inútiles. Coches de bomberos que no van a apagar fuegos. Ambulancias con molestas sirenas que no llevan a enfermos o accidentados. Coches de policías sin ladrones, barcas sin ríos ni mares… ¡que estupidez!

Dos – Pues a mí, que no haya un lugar, lejos de la vista de la gente, donde defecar con tranquilidad.


Uno -  ¿No echas en falta las grandes praderas... con nubes algodonosas?

Dos - A ver... tú... ¿Cuánto tiempo piensas seguir así? 


Uno + Dos = Tres  
¿recordáis a aquel caballo y las nubes?
si Sí... click SI
si No... click NO
si pasas... click PASO




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Diálogos rotatorios · CR117/110324 ©
410100203-013y016-Caballitos ©
1/125 • f/5,6 • 100mm • Iso 100 y 1/160 • f/5,6 • 90mm • Iso 100 · Canon 50D 18-200mm
"bienaventurados los caballos porque, al contrario que a los pobres, el ojo del amo les engorda


10.3.11

445 - Recorrido circular



Caían las últimas hojas del otoño, tal como caían los últimos rayos de un sol que se escondía entre espesas nubes… cuando llegué. Atrás quedaba el rumor de un moderno autobús que me había dejado en una destartalada parada, entre dos enormes eucaliptos. Siguiendo un imperativo oculto, lo primero que hice fue acercarme a la casa. Estaba situada en la parte más alta del pueblo, con ingenio, para que aprovechase esos últimos estertores del sol.

No tuve problema en reconocer los volúmenes, las formas y los desvaídos colores. Espesas matas de vegetación cubrían la parte baja. Tinus, kerrias, agracejos, calistemos, polígalas… que circundaban la casa, pugnaban por ocupar todo el espacio que, visiblemente, hacía ya bastante tiempo estaba a falta de unos cuidados mínimos. Dos buganvillas flanqueban la puerta principal, trepando hacia los balcones, en tanto sendas wisterias, partiendo de dos esquinas opuestas, abrazaban la edificación con sus potentes y rugosos troncos, ya desnudos, que invitaban a recordar sus floridos racimos de violáceas flores.

Me acerqué lentamente, pisando la hojarasca, medio seca medio podrida, y pude percibir unas huellas sobre la misma, creando un casi imperceptible sendero que conducía a la entrada de una leñera, la leñera de los sótanos de la casa.

Regresé a la puerta principal, que no toqué, para admirar el fino tallado en aquellas dos enormes hojas de castaño, castaño superviviente a infinitos rayos. No me detuve mucho tiempo. Hice una entrada, imaginaria, la entrada de la memoria.

Desde el dintel, al fondo, ya destacaba la gran puerta de la cocina. Bajé dos gruesos y anchos escalones, de granito. A la izquierda subía una inverosímil escalera de madera, estrecha, de tramo recto. Arriba, dos habitaciones, llenas de arrullos de palomas y de legumbres a secar en el suelo. Ecos de niños jugando con mazorcas de maíz y tablas de multiplicar.

Desde el dintel, tres metros más adelante, cinco escalones de granito, en los que las huellas del tiempo habían dejado sus concavidades, descendían hacia una cuadra en la que se alojaban una decena, o docena, de vacas pardas. Sólo dos escasos metros más adelante, ascendían cuatro enormes peldaños para encontrarse con una puerta de hojas asimétricas, acristaladas, emplomadas, que daban paso a un gran salón desde el que se accedía a varias habitaciones, una de ellas sin ventana, y a una salida secundaria sobre la que cabalgaba una vid sostenida por una pérgola de hierro forjado. Uvas dulces que se convertían en pasas al descuido del tiempo. Al sur de ese gran salón se abría una gran galería, que dominaba todo el pueblo. El pueblo.

Eso. El pueblo. Tengo que abandonar el recorrido y ocuparme de encontrar algún tipo de acomodo. A ver si hay suerte y todavía vive Doña Enelda. Desde la visión de la lejanía, creo recordar que Doña Enelda admitía en su casa al veterinario, al médico y al cura, cuando éstos hacían visitas ocasionales al pueblo. Al cura, semanalmente… y el día de la fiesta, con vísperas incluidas. Por cierto, él siempre la llamaba Doña María Enelda. Decía que Enelda no era nombre de mujer.

No habría en el pueblo más allá de 150 almas. Quizá, 125, todas ellas en pecado. Hacía muchos años que no nacían inocentes.

Doña Enelda no me reconoció, pero atendió a mi solicitud, tal vez porque le había recordado su antigua costumbre de acogida.

Cenamos juntos, frugalmente. Una tortilla francesa y una ensalada. El pan, oloroso, como recién salido del horno. El vino, clarete, de su propia cosecha, un punto turbio y ácido. Membrillo y queso fresco, ambos de elaboración propia, remataron la cena. Un poco de charla, café negro y un aguardiente completaron la jornada. El aguardiente, en una copa minúscula, con la base de azabache, como aquella que le rompí a mi abuela mientras jugaba con ella. Una fuente de cristal, con pie de plata, llena de nueces, desde el aparador, asistía impertérrita mientras sonaron unas campanadas que no conté.

Minutos después, desde el dormitorio, al norte, veía la pequeña capilla, dedicada a la Virgen de la Pañoleta. Y al fondo, en lo alto… la casa, en una penumbra teñida por una semioculta luna entre trapos de algodón.

Recostado sobre dos almohadones, recubiertos por una funda de lino, reanudé mi recorrido, que al pie de la casa, precipitadamente había abandonado.

Desde el salón accedí a la habitación mágica. Pintada de azul índigo, con la cama de hierro y gruesos cobertores, siempre albergaba un penetrante olor a manzana reineta. Manzanas y más manzanas vivían en el suelo durante una gran parte del año… tal como habitaban, en las paredes, muchos retratos en color sepia de gentes que, probablemente, hubiesen tenido algo que ver con esa habitación. Asomándote a su ventana dominabas el pueblo completo, con la capilla de la Virgen de la Pañoleta a tus pies y el potente regato de aguas bravas que habrían de morir en el río de las truchas y las anguilas, cayendo en pequeñas cascadas entre piedras de granito gris. Dejando caer la vista a plomo, las ramas de una gigantesca y retorcida higuera ascendían hasta tocar el suelo de la habitación, habitación totalmente hecha en madera, adosada a la casa, volando, con un único punto de apoyo en una esbelta cilíndrica viga de hierro forjado apoyada en una hexagonal columna de granito. Unas gallinas y varios patos frecuentaban la sombra que la habitación mágica proyectaba sobre un irregular suelo de grandes losas de granito y mínimos hierbajos entre las junturas.

Oí.
Oí dos sordos golpes en la puerta, dados con los nudillos.
Buenas noches tenga usted, también, le respondí, mientras oía las zapatillas de Doña Enelda arrastrándose hacia el otro extremo del pasillo.

Oí.
Oí en la puerta dos golpes sordos, dados con los nudillos.
Buenos días tenga, Doña Enelda, respondí, mientras escuchaba su paso ligero.
En dos minutos estoy con usted.

No fueron dos. Cuando me senté a la mesa, estaba ya perfectamente aseado. La ducha, tras el arreglo de mi barba, había resultado gratamente reparadora del viaje y emociones del día anterior. Había dejado mi elegante traje de ejecutivo y vestía ahora ropa cómoda y desenfadada. Estaba, sobre todo, muy animado. Ella… con la frescura lozana de quién no tiene preocupación alguna.
Mientras esperaba, caí en la cuenta de que ayer me había dormido sin haber terminado aquel recorrido imaginario por la casa.

El olor a pan de leña, tostado, con una gruesa capa de mantequilla, casera como la mermelada de naranja amarga, el olor a espeso café con leche, invadieron mi ropa y habrían de acompañarme durante un buen rato. Hablamos. Hablamos del tiempo y de cómo los frutales, ahora, no producían la cantidad y calidad de fruto como cuando ella era joven. Tampoco el río llevaba tantas truchas y anguilas. Ni el cielo tenía ese color, cortado ahora por una veintena de grandes aerogenedores, zumbonas abejas metálicas. Sí. Ahora, con más atención, lo percibo. Veo que no es joven pero de ninguna manera podría aventurar un cálculo de edad. Sospecho que Doña Enelda no tiene edad. Sonrío por esa galantería que no llego a hacer explícita.

Cuando se levanta, lo hago con ella y participo en la recogida de la mesa. Me impide, con gesto amable pero autoritario, el intento de fregar los cacharros. Me invita a salir, a dar una vuelta por el pueblo, insinuándome que algo tendré que hacer.

Mientras me encaminaba, de nuevo, hacia la casa, en mi recorrido visualizaba las cinco escaleras de madera de castaño, con una barandilla de palo recto, de nogal, que daban acceso a la habitación de los libros. Vagamente recuerdo… o no recuerdo. Sí. Había una cama, deshecha, con sábanas de algodón y un cobertor de damasco, que siempre estaba cubierta de libros, al igual que una estantería que iba de pared a pared. Toda clase de libros. También por el suelo había libros. Muchos encuadernados en piel oscura. Otros, en grueso cartón, de coloridas portadas con ilustraciones en color pastel. Un olor a moho trataba ahora de impregnar mis sentidos al tiempo que íncubos y súcubos trataban de escapar de aquellas páginas.

La ancha puerta de la cocina, de doble hoja y recio roble ennegrecido por los carburos, estaba al fondo, opuesta a la puerta principal de la casa… Ambas puertas, de similares dimensiones, parecían mantener algún particular diálogo… o un desafío.

Todo parecía indicar que, franqueada la puerta de la cocina, podría finalizar este primer recorrido. Tendría tiempo de plantearme una visita real. Seguro que encontraba un punto de acceso fácil. Tal vez subiendo por el forjado de la parra…



Ya próximo a la casa, mi vista pudo distinguir no sólo un imperceptible camino entre la hojarasca. Había bastantes que, poco a poco, como las ramas de un árbol, iban confluyendo a un tronco común. A un único camino que conducía a… ¡la leñera! Recordaba, de la tarde anterior, que había un sendero perimetral, de las huellas dejadas por muchos que habrían dado la vuelta a la casa pero, en esos momentos, yo estaba siendo conducido a la leñera. No reconocía la fuerza que me impulsaba.

Distinguí una mortecina luz procedente del hueco, fluctuante, como la luz de una vela en sus últimos días. Me acerqué más, y más, y más. Tal vez fuera el ruido del crujir de alguna ramita seca, tal vez cualquier otra cosa, pero al asomarme, mi mirada se encontró con otra mirada entre asustada y asombrada. No sé si me reconoció o si nos reconocimos. Él dio un salto sobre el escaso lecho mullido de hierbas y hojarasca seca. Sus ojos, presos de grandes ojeras, brillaron con una luz especial. Pese a mi sorpresa y sobresalto, pude notar su aspecto desaliñado, casi sucio. Su pelo revuelto, salpicado de briznas prendidas, hacía ya tiempo que no había sido arreglado. Una barba, de muchos meses, se adueñaba de su rostro. El tiempo lo había maltratado.

Casi automáticamente, como si tuviese la imperiosa necesidad de explicarse, me contó que había llegado al pueblo el día anterior. Como yo, le dije. Que tenía la intención de visitar la casa, para hacer un recorrido interior que le permitiera recuperar su pasado. No dije nada esta vez.

Me dijo que tenía la esperanza de alojarse en casa de Doña Enelda ya que sabía que ésta, en el pasado, solía acoger al veterinario, al médico y al cura, a éste, todas las semanas y fiestas del pueblo, con sus vísperas. Me explicó, con un gesto de desolación en sus ojos, que había sido imposible ya que, al preguntar por ella, le habían contado que Doña Enelda había fallecido, hacía ya unos veinte años. Incluso, alguien, pensando que era un familiar, le había indicado el lugar exacto donde ésta se hallaba enterrada, en el exterior de la Capilla de la Virgen de la Pañoleta, casi enfrente del pequeño ábside. Tampoco dije nada. No tenía palabras… o no me salían.

Siguió contándome que nadie pudo alojarle… en tan pequeño pueblo de unos 125 habitantes, donde ya no nacían niños, con muchas casas abandonadas, y que por eso había pasado la noche en la leñera, esperando a que amaneciera, que despertara el día, para completar su recorrido, iniciado el día anterior, ayer. Me dijo que ya sólo le faltaba… la cocina.

Eso, que sólo le faltaba... la cocina.

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en el 2006, haciendo el Camino de Santiago, dormí en el albergue de Ruesta, cercana al Embalse de Yesa. Sobreviven algunas casas... ver Wiki


4.3.11

443 - Tres en raya





no entendía muy bien el juego 
le habían dicho que era el ‘tres en raya’
pero no lo recordaba así, de su niñez

el mundo está cambiando... demasiado deprisa




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711-110112-107-Barcelona Tres en raya w©
1/250seg • f/5.6 • 180mm* • Iso 100 · Canon 50D - 18-200mm
fotografía hecha desde las torres de la Sagrada Familia