Podría haberse llamado así, Robinsón, pero tenía nombre de personaje bíblico.
Cuando llegamos a aquel punto, descendimos al río y cruzamos al otro lado. Por su puente, puente apoyado en grandes pilastras de cantos rodados, de arenisca, del lecho del río, sobre las que dormían dos largos troncos, de sus árboles de ribera. Digo dormían, que habrían de ser despertados de su sueño un par de veces al año, con las crecidas, para que las aguas de su río se los llevaran a despertar en el mar.
La bajada, desde la carretera, fue abrupta pero al otro lado del río nos esperaba una gran pradería, verde como de esmeraldas sembrado, ribeteada por sus fresnos y abedules en la orilla, y robles y castaños, en el lado opuesto. Más arriba comenzaban las hayas.
Andábamos por el filo de las últimas hierbas cuando se acercó a nosotros. A su saludo respondimos, y añadimos ¿podemos sentarnos en el borde de este prado? Sabíamos perfectamente que, donde nosotros veíamos hierba, él veía alimento. Más arriba, unas vacas lo esperaban. Eran sus vacas, y por lo que ya me habían contado otras vacas, no les gustaba la hierba pisoteada. Y tal vez fuera por eso, percibiendo él nuestra sensibilidad, que tuvimos la empatía necesaria para el principio de una buena amistad.
Era algo excepcional. Su fortaleza era increíble. Una vez lo vi parar, con su pecho, a un gran caballo percherón. Pecho contra percherón, aunque éste empujara, él no se movía. Pareciera que sus pies descalzos, provistos de enormes dedos, hubieran echado raíces hasta un infinito profundo. Sí, pies descalzos que, más tarde, tuvimos la oportunidad de ver sobre toda clase de terrenos y condiciones.
Nos despedimos.
Nos sentamos en el borde del prado, a un metro del río, y nos dispusimos a comer, a la sombra de los fresnos, en aquel caluroso día de verano. Mientras, el río seguía su curso sin hacernos caso. Cantarín, que era un río en su tramo inicial, no como cuando discurre lentamente, ya próximo al Cantábrico, apesadumbrado, queriendo demorar su llegada, haciendo numerosos meandros y tratando de esquivar su inevitable contacto con otras aguas… saladas.
Habría de contarnos, más tarde, como metiendo la mano entre las raíces de los árboles que se bebían el río, con la palma hacia arriba y los dedos encogidos, acariciaba a las truchas que allí moraban. Un rápido movimiento y ya eran truchas esperando un poco de beicon y una sartén. Cangrejos, autóctonos, también. Habría de contarnos, asimismo, como las nutrias retozaban en los pozos formados alrededor de su rudimentario puente, nutrias que nunca tuve la fortuna de ver.
Habría de contarnos, también, cómo el río, alimentado por el desnieve primaveral, se llevaba no sólo el puente sino también parte de su pradería. Y no entendía, era incapaz de entender, que la Confederación Hidrográfica no le permitiera recuperar el terreno perdido, ni siquiera reforzar y proteger su propiedad contra la siguiente crecida. Lo contaba y le dolía.
A nuestra espalda estaba su casa. Nos fijamos en ella. Pequeña, muy pequeña. Construida con piedra caliza de la zona y encalada. Blanca, muy blanca, con los bordes de las minúsculas ventanas pintados de un rabioso color amarillo chillón. Ventanas en color azul eléctrico. Grandes lastras de pizarra eran su tejado, en el que una pequeña chimenea desafiaba al viento que bajaba encajado por el río. Blanca con los bordes ennegrecidos, de la que salía una tenue columna de humo, vertical. No hacía viento, ese día, ni siquiera algo parecido a una brisa. Era Agosto y los altos prados ya estaban agostados. Agostados, sonora palabra que cuenta historias de segadores luchando contra el tiempo.
Era algo excepcional. Una vez lo vi entrar en su pequeño cercado dedicado a las abejas. Docenas de ‘dujos’, troncos de castaño ahuecados, colmenas ecológicas, rodeaban todo el recinto. A brazo y pecho descubierto, rodearse de miles de abejas, tomar un puñado de ellas y metérselas en la boca. Así, con ellas en la boca y en las manos, venir hacia mí para que comprobase que no le hacían nada. Tampoco a mí me lo harían, mientras con él estuviera, eso decía. Eso decía y eso sucedía, y no dejaba de asombrarme el verme rodeado de ellas, recorriendo mi cuerpo. He llegado a pensar que conocía a todas por su nombre. Los pastores, lo hacen con sus ovejas ¿no podría hacerlo él con sus abejas?
Cómo si hubiera estado esperando el momento, cuando terminamos de comer, se nos acercó para invitarnos a tomar café en su casa. Aceptamos.
Era algo excepcional. Una vez le vi cargar grandes lastras de pizarra, para hacer un camino. Subir al monte y bajar con ellas hasta la casa, continuar bajando hasta el río, atravesarlo por su puente sobre cantos rodados, y subir, finalmente, a la carretera, para cargarlas en mi coche. Pero eso sucedió pasado un tiempo, cuando ya éramos entrañables amigos. Era algo excepcional, una especie de Goliat, bien parecido, con una corpulencia en la que los músculos se dibujaban justos, en sus debidas proporciones, fruto de un ejercicio duro pero equilibrado
Los ciento cincuenta metros que nos separaban de aquella modesta vivienda fueron el equivalente a un traslado a un mundo autárquico, alejado de cualquiera de las realidades hasta entonces conocidas.
Descalzo, menos aquella vez que lo llevé en coche a un pueblo cercano, donde vivía un primo suyo al que hacía años que no veía. Brillaban sus acharolados zapatos, de esos en los que un lazo quiere trepar hacia el empeine. Lo recuerdo saludando, con la ventanilla abierta al máximo, a todos los convecinos que iba encontrando en el camino.
Ella. Ella era menuda, muy menuda e inquieta. Era todo actividad en aquel reducido espacio llamado cocina. Su ropa era tan ilocalizable en el tiempo como extremada era su limpieza. Rubia, muy rubia para una tez morena, muy morena. Hacían pues una extraña pareja, a la que detenidamente observaba mientras los ojos de él se licuaban cuando ella le dirigía cariñosas palabras… o los ojos de ella se redondeaban cuando le oía hablar y contar aquellas viejas historias que, seguramente, había oído muchas noches a la luz de un carburo, cuando no de las brasas de roble y castaño.
La leche era fuerte, espesa, recién ordeñada para el momento. El café, recién molido en una pieza casi arqueológica, un molinillo digno de dormir en una vitrina de cristal en un museo etnográfico. El azúcar… en su azucarero, como debe ser, un vaso de cristal, de duralex ®, con una tapa tallada en madera de boj en la que había un ovalado rebaje por el que asomaba una cucharilla de plata, que ella, en rápidos movimientos, rellenó de un paquete guardado en una caja de lata, en la que se reconocía la inconfundible tipografía de colacao ®. Aquella tapa de boj tenía una filigrana, con extraños símbolos, a modo de adorno.
Aún cocinaban en el suelo, casi en el suelo. Tres grandes y espesas lajas de pizarra, unas sobre otras, mantenían brasas sobre las que se apoyaban varios trébedes. A un lado, unos grandes troncos de roble y castaño, cortados a hacha, esperaban su momento, que por historias contadas por cenizas a sus pies, sabían que habrían de llegarle antes del invierno. Bajo la ventana azul eléctrico, encintada de amarillo chillón, había una fresquera en la que bailaban escasos productos. En el antepecho, varios frascos de miel, una cesta de alambre llena de rubios huevos, y varios platos llenos de cerezas. El verano venía rojo color esperanza cargado de cerezas rojas y moradas. Todavía quedaban muchas nueces en una cesta tejida con finas ramas de avellano. En un plato de loza, con los bordes descascarillados, sobre una somera lámina de suero navegan casi tres cuartos de un queso fresco que, sin problema, intuí había sido elaborado esa misma mañana. Al fondo, estábamos en la cocina, un grueso cortinón, de lado a lado de la pared, nos separaba de una estancia que parecía ser un mínimo dormitorio.
Hablamos. De todo un poco. No fueron muy curiosos pero se las arreglaron para saber quiénes éramos nosotros. Tampoco fuimos muy curiosos pero pudimos conocer su historia de amor repentino y tardío. Repentino en su aparición, tardío por los años pasados sin conocerlo.
Paseamos por los alrededores. Gallinas había por todas partes, libres como las hojas de las hayas. Conejos, ovejas, alguna cabra. Todo ello constituía su despensa viva, su moneda de cambio por otros productos en una pequeña tienda a pocos kilómetros. Por supuesto, los cerdos, en un recinto especial, lejos del resto de los animales, que seguro habrían de tener su San Martín.
Cuando nos despedimos quedó en nosotros la firme promesa de volver a visitarlos. Así sucedió bastantes veces. Era como una esponja. Absorbía toda clase de conocimientos de forma inmediata. Su inteligencia natural era… excepcional, como él. Y nosotros… nos empapábamos en los residuos de otro mundo en vías de desaparición y poco a poco íbamos entrando en otra dimensión.
Ellos y nosotros representábamos dos mundos distintos, dentro de uno sólo. Dos mundos distintos separados por una carretera y un río. Separados por la prisa y la pausa. Aprendimos que la velocidad del hombre es de tres o cuatro kilómetros por hora. Cinco o seis ya es mucho. Aprendimos que la velocidad de un mulo, el suyo, es la suficiente y necesaria como para conocer el entorno inmediato. Aprendimos que mirando al cielo se ven estelas de aviones que nos alejan de nuestro entorno para llevarnos a desconocer mundos lejanos.
Y pasó el tiempo. El tiempo siempre pasa. Un traslado y otras circunstancias nos hicieron perder ese contacto, ese regalo que el azar nos había hecho. Miro ahora hacia atrás, con pena, sabiéndome culpable. Nunca se hace todo lo posible y el paraíso se escapa.
Era un hombre excepcional y, detrás de él, una excepcional mujer rubia, muy rubia de tez morena, muy morena.
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es un recuerdo vivo, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia
la fotografía refleja la arquitectura popular de la zona
el río es muy parecido al verdadero |