
Había estado un buen rato haciendo cucuruchos de papel. De papel de estraza. De papel gris de estraza.
En un viejo cesto de mimbre, gastado por distintas ferias, tenía un incontable número de lazos a medio hacer. Incontable número de incontables colores. Colores de lazos.
Una pequeña bombona azul de butano, con un soporte impecablemente limpio, sostenía un puchero de barro. No había fuego.
Con un cucharón azul azul revolvía, parsimoniosamente, el contenido del puchero. Un cucharón blanco estaba apoyado en un borde, esperando alguna llegada.
De vez en cuando, y un poco más de lo normal, ella se inclinaba sobre el puchero y… no sé, me pareció ver que dejaba caer algo en su interior. Creí notarlo así y tal vez influyera en mí la percepción de un movimiento circular mucho más acelerado en esos momentos.
De vez en cuando, mi mirada iba a endulzarse en los panales y frascos de miel de su compañero de la derecha. No estaba sola. Limitaba con apilamientos ordenados de trozos de panales, botes de pólen, de jalea real, de arco iris variados hechos miel de brezo, romero, naranja, tomillo…
Pero mi vista volvía al puchero, a la bombona azul azul, a los gráciles movimientos de unas manos acostumbradas a alcanzar las altas frutas de árboles desconocidos de tierras lejanas… en las que el sol se ponía entre gamas de clorofila.
Una niña se acercaba. Llevaba una flor en la mano… quizá tres margaritas silvestres. La vendedora agitó el puchero, mientras recogía las margaritas… ¿o eran…? No sé.
Las olió… les pasó, acariciándolas, su lengua por los pétalos, y se las guardó en una bolsita de lino, de cuadros rojos y azules. Entonces, dio tres vueltas más con el cazo azul, lo dejó, y tomó el blanco para llenarlo de algo que vertió, volcó, en un cucurucho de papel de estraza, de papel de estraza gris. Sin dilación, cerró la parte superior con un nudo rojo, esta vez, y lo depositó entre las manos de la pequeña.
Se perdió, mi vista, entre las mieles, y entre los quesos de las distintas granjas. Era una feria muy concurrida. Cuando regresé, la niña estaba dándole a un hombre de avanzada edad, en una silla de ruedas, su cucurucho de papel de estraza. Éste, comprobaba que estaba completa la ración de sonrisas. No faltaba ninguna... y tenía, ahora, una amplia sonrisa… contagiosa.
A mí, la vendedora, percatándose de que estaba deleitándome en la observación de sus tareas cotidianas, me envió una sonrisa sin envolver en papel de estraza gris... de las que aún no se le habían caído en el puchero.
:::Post 341 - CR 069/100122 - La vendedora de sonrisas
:::foto: 090801-A0393-Vendedora de sonrisas de color - Feria en el sur de Francia
:::Canon EOS 50D+18-200mm - f/5.6 - 1/60 seg - 145 mm* - ISO 100

