27/10/10

410 - La iglesia de Moya




Fue tal la perfección exigida para la construcción de la iglesia, que cuenta la historia que, cada una de las piedras habría de ser volcánica y perfecta. Asimismo, dichas piedras habrían de ser de los alrededores y transportadas una a una… a mano, sin utilización de más aparejos que los que pudieran portar las manos de cuatro hombres, o mujeres.

Este nivel de exigencia venía dado por el hecho de que si bien la iglesia no competiría en dimensiones o altura con ninguna otra del orbe conocido, sí lo haría en ser la única realizada totalmente por la mano del hombre a mayor gracia de la Virgen Morenona, que tomaba su nombre de la fina piedra volcánica con que fue tallada en tiempos de los que no consta memoria… o por sus volúmenes, que recordaban a la Venus de Villendorf.

La dedicación de hombres y mujeres del lugar tuvo tan elevado nivel de exigencia en el tallado y pulido de las piedras, que se produjo una gran cantidad de escombros. Los mismos debieron ser trasladados a la costa, a no muchos kilómetros, donde se originó una inmensa explanada sobre la que muchos años más tarde habría de asentarse un poblamiento, el ahora conocido por el nombre de Atidamana, en honor a la princesa guanche. Actualmente, Atidamana es mundialmente conocida por su parque temático submarino, único en el mundo, que no sólo muestra las bellezas que encierran las profundidades de la costa atlántica sino que ofrece un inimaginable repertorio de atracciones subacuáticas. Obviamente, es un parque para un público muy exigente… y con extraordinaria preparación física.

Como consecuencia de los trabajos de extracción de piedra, también se originó un gran barranco, a los pies de la iglesia, hoy conocido como garganta de la Morenona o de Atidamana, célebre porque en sus riscos se desarrollan, como un endemismo, los famosos higos groñecos, sublime variedad de los reconocidos higos chumbos canarios.

La iglesia, que merece la pena ser visitada, tanto por su arquitectura como por la talla de la virgen, tiene una cripta, de un volumen superior a la propia iglesia, que comunica con un intrincado sistema de galerías y salas. Muchas de éstas cuentan con pinturas de los tiempos de los guanches. En una de ellas, cerrada hoy día al público, están las tumbas de varios guanartemes, faicanes y guayres. Se discute la presencia de algún resto de Artemi Semidán, lo que no parece muy probable.

Hasta la fecha, han sido topografiados 76,2 kilómetros de galerías y simas, dos de las cuales llegan hasta el nivel del mar formando dos grandes cavernas, con sendos lagos unidos por una angosta galería. Puede encontrarse información más detallada en la AEPG, Asociación Espeleológica Princesa Guayarmina, así como en los estudios de los croatas Hrvroje Ibancovich y Ljubomir Vranesic, reconocidos expertos en espeleología kárstica.

En otro artículo, posterior a éste, tal vez se amplíe completamente esta falsa documentación, en la que nada es verdad, o casi nada. En cualquier caso, si la reseña fuese de interés, podría terminar siendo difundida con carácter general en la seguridad de que, pasado un cierto tiempo, pasaría a ser totalmente veraz, para mentes acríticas. Google es el lugar. ¡Google dixit!

Y… ¿por qué la iglesia de Moya? Había hecho la foto… con la iglesia, el barranco y, siguiendo mi costumbre, tenía que ponerle un texto… ¡para que la foto hable!



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La iglesia de Moya • CR097/101027 ©
070123-Gran Canaria-46-Iglesia de Moya-w ©
Canon PowerShot S3IS • 1/800seg • f/4 +0,4 • 180mm* • Iso 100

la fotografía fue realizada en enero del 2007
en un hermoso lugar de la Isla de Gran Canaria



21/10/10

408 - Sonnenschein und Berit


Sonnenschein – Disimula. Ahí enfrente hay un tío robándonos una foto.

Berit – Tranquila. Haga lo que haga con ella, nadie nos conoce. Nosotros a él, sí. Ya nos lo hemos cruzado varias veces.


Sonnenschein - Ya, pero ¿qué crees que hará con ella?


Berit - ¿Qué más da? Además, nos faltan muchos días para llegar a Santiago. Ya nos entrecruzaremos muchas veces más y podremos preguntarle. Supongo que hoy irá hasta Estella, como nosotras.


Sonnenschein – Pues entonces, le pediremos una copia. Tal vez hayamos salido bien. A lo mejor, hasta nos mejora. Tiene pinta de usar el PhotoShop. Apúntame en un papel tu dirección de e-mail.


Sonnenschein - ¿Pero no crees que debiera habernos pedido permiso? Sin duda, se lo hubiéramos dado. ¿Tú crees que la pondrá en un blog?. Hay gente que lo hace.


Berit – Ya, pero tal vez le hubiéramos robado la ilusión de hacernos un robado. Hay gente que le encanta ese tipo de fotografía.


Sonnenschein – Eso sí.


Berit – ¿Qué te parece si nos vamos?. Ya nos hemos tomado el bocadillo, la caña… Hemos descansado suficiente de la subida hasta aquí. Cirauqui se llama este pueblo ¿no? Además, hay mucha gente en el Camino, nos conviene llegar pronto al albergue.


Sonnenschein - Vale, lo que tu digas. ¡Andando!


Berit – Cuando puedas, saca la cámara y, con disimulo, hazle una foto.


Sonnenschein - ¡Que buena idea!




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Sonnenschein und Berit • CR096/101021 ©
100523-A3265-Alemanas en Cirauqui-W ©
Canon 50D/18-200 - 1/60seg • f/5 • 50mm* • Iso 100

La fotografía fue hecha en Cirauqui (Navarra), en el Camino de Santiago
a dos desconocidas con las que compartí unas horas… sin cruzarnos nada más que miradas.

En alemán, Berit significa brillante, gloriosa y Sonnenschein, sol

link: Dedicado a Veredit, que convirtió mi comentario  en su blog en un post.


14/10/10

406 - El acantilado







El viaje se nos había hecho un poco largo. El recorrido total de la costa, de esa hermosa costa tan ponderada por todos, se había convertido en un excesivo número de kilómetros. El atardecer se anunciaba sin pedir permiso.


Nos faltaba llegar al punto álgido del viaje, de la costa. Era el famoso mirador del acantilado. Decir el acantilado, a secas, sin nombrarlo, era como suponer que todo el mundo lo conocía y, dada su extrema belleza, así debería ser… posiblemente.


Le faltaban tres dedos, al sol, para sumergirse en la línea del horizonte. Eso significaba que todavía nos quedaban unos 45 minutos de espera hasta ver su agonía. Cuarenta y cinco minutos para esperar… manteniendo la esperanza de ver el famoso rayo verde, que ninguno de nosotros había tenido la ocasión, todavía, de disfrutar.

El aparcamiento de lo alto del acantilado no estaba muy urbanizado. No había ni un solo banco donde reposar y deleitar la mirada con la infinita lejanía. Por alguna extraña razón, tal vez los vientos fuertes del Oeste, todo se encontraba perfectamente limpio. Su suelo estaba cubierto por una fina arena granítica, agradable a la pisada, sobre la que se dibujaban vetas orientadas en dirección Este. Una barandilla de envejecida y salitrosa madera, probablemente castaño de los cercanos montes, nos separaba de la inmensidad del océano, que flotaba bajo nosotros, sobre un caldo lechoso de mil espumas. 


Asomados a unos doscientos metros, bajo nuestros ojos, las rocas se entretenían desafiando al océano, contándole el número de galernas que no habían podido con ellas. Sus heridas las iban haciendo cada vez más fuertes, decían. Respondía el mar que, con paciencia, algún día acabaría con ellas. Sólo serían arena a merced del viento. Nosotros, imperturbables, sólo sonreíamos.

Un repetido movimiento, a nuestra derecha, nos llamó la atención. Una joven, que no alcanzaba la treintena, sentada en el suelo, de vez en cuando se levantaba y se asomaba al precipicio. Luego, regresaba al mismo lugar del suelo arenoso y se sentaba, e iniciaba un ligero movimiento rítmico, hacia adelante, hacia atrás, en el que sólo sus hombros hacían un corto recorrido. Oíamos, o creíamos oír, un par de palabras que salían de sus mudos labios. Quizás, sólo un musitar.

Faltaba un dedo para que, como siempre, el sol se fundiese con el horizonte. Unos quince minutos más de espera, para mantener la esperanza.

Dada la persistencia de la conducta de la joven, la joven de la larga falda sedosa con azulados dibujos arabescos, de la joven de la blanca blusa de encaje con los tres primeros botones desabrochados, de la joven de las planas sandalias artesanas de cuero claro, de la joven cuyo rubio cabello pugnaba con la brisa… y después de intercambiar unas palabras entre nosotros, decidimos acercarnos a ella.

¿Te pasa algo? Le preguntamos mientras unas gaviotas ascendían por el acantilado para, tras elevarse unos metros ante nuestros ojos, descender en un mortal picado al encuentro de una falsa blanda espuma.

Sí. Mi novio se cayó.

Nuestras caras, al unísono, reflejaron todo el sucesivo abanico de expresiones posibles. Todos los músculos de la cara, los dieciocho, compitieron para expresar nuestros sentimientos y emociones ante tan pocas palabras. Sí. Mi novio se cayó. Así de escueta fue la contestación.

Apenas recuperados, acertamos a preguntarle acerca de cuándo había sucedido. Nos sorprendió su respuesta.

Hace 35 minutos. Cinco antes de vuestra llegada.

Lo que siguió fue un diálogo, más a menos, de esta forma.
¿Y no has llamado a nadie?

No. No hace falta.

¿Cómo que no hace falta?

No hace falta. Está muerto.

¿Muerto? ¿Y cómo lo sabes?

Lo sé. Soy médico. Me he estado asomando cada poco tiempo y ya hace mucho que dejó de moverse.

(Dijo dejó. No dijo ha dejado. Empleó al Pretérito Perfecto Simple, no el Pretérito Perfecto Compuesto. Estaba claro que consideraba la acción como ya finalizada.)

¿Estás segura? Vayamos a verlo.

Es inútil. No hay acceso posible y, como médico, sé que es imposible sobrevivir ante un impacto contra unas rocas puntiagudas que están a unos 175 metros de profundidad. Mis observaciones visuales lo han confirmado. Al principio se movió un poco, pero ya hace mucho que no hay actividad alguna.

¿Y no has hecho nada más? ¿No has llamado a nadie? ¡Tendrías que hacerlo!

Creo que sí. Llamaré a mi mamá.



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El Acantilado • CR095/101014 ©
100706-A4399-Castro de Baroña-Florecillas en el Castro de Baroña - Porto do Son La Coruña ©
Canon 50D/18-200mm - 1/500seg • f/10 • 100mm* • Iso 100


6/10/10

404 - Cincuenta por ciento




Cincuenta. Sí. Cincuenta por ciento.

Sabía él, sobradamente, el significado de ‘cincuenta por ciento’. Lo imaginaba. De cien de algo, cincuenta. De diez, cinco. De dos, una. Sí. Lo sabía. Y también, que era como un cara y cruz… o, mejor dicho, cara o cruz. Y en la ruleta, rojas o negras. Pares o impares, también. No. No era como en la lotería, donde las probabilidades eran pocas. Ah, y la margarita deshojada. Si, no, si, no…

Cincuenta por ciento. Cuando se lo dijeron, su cabeza no pudo comprender la magnitud del significado. O no quiso. Sólo un gesto de estupor quebró su rostro. Lo quebró por dentro y, paulatinamente, lo fue resquebrajando hasta asomar su conciencia, reflejada en un cristal agrietado.

Cuando, poco a poco, muy poco a poco, fue comprendiendo el significado, también fue  comprendiendo, claramente, y no quería, que cada astilla de ese porcentaje, que le penetraba, deshacía un atisbo de la realidad, tal como había sido para él hasta esos momentos. Su cerebro se convertía en una gelatina espesa donde ni la confusión más extrema podría reinar.

Cincuenta por ciento. No se puede jugar con él… En determinados casos, sucede que ese cincuenta se convierte en un infinito que no consigue cabalgar el mundo, su mundo. Sólo lo destruye, del mismo modo en el que se destruyen las pompas de jabón, cuando se desencadena sobre ellas el cierzo… o un erizo pretende acariciarlas.

Sólo lo destruye. Y ya queda menos para la nada infinita.


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404·CR149·101006 · Cincuenta por ciento ©2010  
400'100917-006-Cien alubias-©2010
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1/10/10

402 - Paralelos




corrían los caminos paralelos
a ver quien llegaba antes
sin saber
que nunca se encontrarían…

por simple definición




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402·CR193·101001 · Paralelos ©2010  
400100922-P1040201-Paralelos-w ©2010
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Marina me envió estas palabras
todo un poema a la incomunicación… por ejemplo
y ha sido un placer el poder encontrarle la imagen adecuada
o al menos, haberlo intentado

ella está aquí, en el umbral de la noche