Era, efectivamente, la princesa Purple, o Purple princess. En realidad, y por deseo expreso de su padre, The Little Purple Princess, que el tiempo no habría de pasar por ella. PurPrin, en la intimidad, pronunciado algo así como /ˈpɜːrprɪn/.
Lejanas quedaban aquellas montañas graníticas por las que trepaban hayas y piceas en armoniosa convivencia, acariciando nieblas matinales y nubes bajas. Lejanas quedaban aquellas historias contadas a la luz de grandes chimeneas, contadas en lenguas llenas de consonantes por ayas rubias, mientras crepitaban gruesos troncos que se encendían en luminosas ascuas.
Cercano estaba el recuerdo de su padre, de rimbombante nombre compuesto y extensos apellidos de complicada genealogía, que tuvo que renunciar a su trono ante la presión y amenaza de unas hordas republicanas fuera de todo control.
Vivía ahora, en un dorado exilio, en un pequeño pueblo del pirineo francés, cercano al Coll de Ares. Se la veía siempre con su gran copa de cerveza de Pelforth Blonde. Siempre, acompañada por su chófer negro, el perfecto doble de Ray Charles, y su jardinero moreno, jovencito, que recordaba a un Marlon Brando en sus primeros años. Siempre. Siempre en la misma placita desde la que se accedía a la gran iglesia y, posteriormente, saliendo de la ciudad fortificada, al Fort que había protegido a esa villa de asedios españoles. Nada sabía ella de eso, ni le interesaban sucesos acaecidos poco más de tres centurias atrás. Estaba más interesada en la corte de admiradores y aduladores que siempre la rodeaban.
Su mirada se perdía a través de la estrecha calle principal, traspasando fronteras, hasta sus siempre añoradas tierras. Los días de tormenta, le gustaba pasear por las orillas del Tech, que le recordaba las aguas turbulentas de su niñez. Le gustaba, también, tomar fresas silvestres, grosellas y frambuesas, traídas por su jardinero cuando subía algún pico cercano en sus días de asueto. Los bordes de los senderos estaban adornados con esas delicias.
Nadie habría de contarle, nunca, porque siempre sería un secreto bien guardado, que ni era princesa, ni estaba exilada, ni había ningún reino llamado Purplelandia. Nadie habría de contarle que toda su vida no era más que un cuento, un gran cuento, inventado por su padre, reputado relojero, experto en hacer que todas las piezas encajaran a la perfección en diminutos mecanismos.
Era el cuento de su vida, el cuento destinado, por un supuesto rey, a hacer feliz a una rubita niña de seis años, de ojos azules, muy azules.
478·CR132·111020 · Purple princess ©2011
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las hadas no existen pero los cuentos de hadas... sí