Algunas veces es necesario recuperar antiguos relatos
por ejemplo, como recordatorio de que los viejos problemas siguen sin solución
Lo publiqué en julio del 2008 en mi primer blog, OVNM (Outra Vaca No Milho)
con motivo de una reunión mundial de jefes de estado
Vosotros juzgaréis
Es una historia mínima, de esa clase de historias que no pueden interesar a alguien.
Al parecer, el individuo había estado trabajando duro, desde hacía ya bastantes años.
Tenía la ilusión de hacer un cayuco de cristal... y lo consiguió. Invirtió todo su tiempo, y sus ahorros también, en diseñarlo. Muchos años de ahorros. Sí. Habría de ser algo especial para el gran proyecto que albergaba. El caso es que lo consiguió. Consiguió tener su cayuco de cristal.
Tenía ese individuo muchos contactos en África. Precisamente allí se había desarrollado una técnica especializada en la fabricación de esas frágiles embarcaciones... pero ninguno de cristal, que era algo impensable ni siquiera dentro del mundo de los sueños. Para soñar hay que tener referentes reales sobre los que construir los sueños. Ellos, los de ese continente, tenían muchos recursos, pero ninguno real, o al menos, sobre los que se pudiera fabricar un sueño de esa clase.
El individuo, al que llamaré Nelson, tenía contactos y supongo que ellos fueron los que, con un complejo entramado de síntesis animista y sincretismo religioso, consiguieron que a una invitación de Nelson personalidades muy importantes del mundo que dispone de recursos con los que construir sueños, respondieran afirmativamente a la invitación que le hacía, invitación en la que les proponía un singular viaje. Obvio parece que ese viaje habría de realizarse en el asombroso cayuco de cristal.
Y llegó el deseado día de Nelson. Los tenía a todos en la playa. El de Francia, el de España, el de el Reino Unido, el de Italia, la de Alemania... así, una nómina de altos cargos que creen regir los destinos de los hombres. Gente sin un nombre decente pero fácilmente reconocibles dentro de los medios de comunicación. Reconocibles, pensaba Nelson, pero no conocibles, por lo desfigurado de sus almas.
Sentados todos en el suelo, sin protestar, tomándose el viaje como un juego, pensando en la gran cantidad de pececitos de colores y corales que podrían divisar, esos hombres, una mujer también, señores de todas las cosas, disfrutaban de lo que parecía un viaje prometedor. Estaba claro que todos los magos africanos ejercían bien su poder a distancia, ya que nadie objetó nada... en ningún momento.
Fue un viaje singular. El suelo transparente les dejó ver la realidad de aquél océano. No había pececitos ni corales. Cadáveres y más cadáveres nadaban bajo sus pies. Prefiero no describir su estado exacto, los detalles, quiero decir. Ojos bien abiertos les hablaban al conjunto de hombres que pasarían a los libros de historia. Ojos acusadores, con lágrimas para salar el mar. Sí. Ya sé que eso ya lo escribí otra vez, que hay lágrimas que son las que salan los mares que conocemos. Es una realidad que me gusta recordar.
El techo transparente del cayuco, y es que ahora estaba sumergido, le permitía divisar manos, manos moviéndose libremente señalando destinos utópicos. Vientres con su fruto marchito. Pies tratando de correr por desiertos de agua. Agua dentro de agua. Mentes licuadas y desvanecidas en el aire de los sueños perdidos.
Recorrieron las costas. La africana, la europea... las costas. Y más cadáveres. Muertos. Cadáveres muertos sin fecha de caducidad.
Cuando se acabó el viaje, Nelson los despidió educadamente. No les dijo nada. Nada acerca del gran esfuerzo que había realizado en ofrecerles, con ese viaje, el regalo de su vida. No les pidió nada. Les regaló otra sonrisa.
Se fueron todos a sus transcendentales ocupaciones. Unos tenían que firmar un no sé qué, para regular a los emigrantes. Para impedirles no sé qué. Para evitar no sé qué.
Otros tenían comprometida una gran comida, diecinueve platos, les habían dicho, con el de los Estados Unidos, el de Rusia, el de Japón... y así la alta nómina de esos que...
Todos estaban muy ocupados. Estaban contentos ya que, además de comer, plantarían un arbolito.
Nelson les dijo adiós con la palma de la mano, con su blanca palma de su negra mano. Vio su negro rostro reflejado una vez más en su cayuco de cristal y supo lo que tenía que hacer.
Sumergido, con su cayuco de cristal, se volvió agua para ir buscar a los suyos y desleírse entre ellos.
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569·CR181·130416· Cayuco de cristal (R) ©2013
402071227-001-Santander-La Magdalena-w ©2013 |
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